Lillian von der Walde Moheno, “Lo monstruoso medieval”,

en La experiencia literaria, (invierno 1993-1994) [1994], pp. 47‑52. ©

 

Lo monstruoso medieval

 

  

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esde mi perspectiva, el término “fantástico”, en cuanto que tiende a apuntar el carácter imaginario, irreal de lo representado, no es aplicable a lo monstruoso medieval. Pero tampoco cabe el concepto de “lo maravilloso”, si es que nos apegamos a la definición de Todorov. Para este crítico hay una oposición entre lo extraño y lo maravilloso, dado que este último permanece sin explicación y supone la existencia de lo sobrenatural (1). Sin embargo, como ya lo ha apuntado Le Goff, sendos conceptos requieren un lector implícito que se incline hacia una explicación ya natural, ya sobrenatural (2). Y no, lo monstruoso en la Edad Media ciertamente se da como algo objetivo, que existe, que es real.

         Podríamos apoyarnos en otros enunciados, pero la formulación de éstos igualmente constituye un problema que la crítica aún debate. Por ejemplo, lo “real maravilloso” carpenteriano. El oxímoron quizá revele que lo que para unos es real, no lo es para otros; no lo es, precisamente, para quienes han accedido a formas de cultura más sofisticadas y “verdaderas”. No dejo de ver a Carpentier —tanto en su formulación de lo “real maravilloso” como en su misma literatura— como al intelectual que se asombra de que ciertos individuos —digamos, la población de raza negra analfabeta— dé carácter de realidad a lo que no lo es. El escritor se fascina de que esto sea así, pero no cesa de estar consciente de que concebir lo imaginario como real, se halla limitado a un grupo de personas del cual él —como tantos otros— no forma parte. Su visión, pues, es desde fuera. La de Rulfo, por el contrario, es desde dentro. No hay nada que suceda, en Pedro Páramo por ejemplo, que pueda decirse que no es real: todo es posible. Los personajes viven, lo que para cualquier intelectual caería dentro del terreno de lo “mágico”, como verdadero. Al escritor mexicano se le inscribe dentro de un concepto, para algunos, desafortunado: “realismo mágico”. En este enunciado nuevamente se puede observar que priva la perspectiva de aquel que ha accedido a una forma cultural diferente a la que en Rulfo es generalizada. Pero es que el narrador vive en el siglo XX, donde sectores amplios de receptores se niegan a aceptar la generalización: son ajenos, y por eso se maravillan de la obra. Sin embargo, otros posibles

 

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  1. Vid. Tzvetan Todorov, Introducción a la literatura fantástica. Trad. de Silvia Delpy. 2a. ed. Premia, México, 1981, pp. 36-48 fundamentalmente.
  1. Vid. Jacques Le Goff, Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval. Trad. de Alberto L. Bixio. 2a. ed., Gedisa, Barcelona, 1986, p. 18.

 

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receptores, los que efectivamente caen en la intencionada generalización rulfiana (indígenas, mestizos del medio rural, etc.), no encontrarían mayor problema: los hechos leídos o escuchados pueden ser tales, dado que pueden  ser explicados dentro de un propio sistema ideológico —al cual, desde fuera, asimismo se calificaría de “mágico”.

         En el Medioevo, y limitándome en este caso a las bestias monstruosas, la generalización es efectiva. No hay, así, antagonismo alguno entre emisor y destinatario en la concepción de algo como natural o sobrenatural. Se comparte una misma idea con respecto a “las maravillas del mundo” —parafraseando el título del libro de viajes de Mandeville. Esta tierra, simplemente, es un reino en el cual todo puede ser. Lo que nosotros vemos como imaginario, no es tal para el hombre de la Edad Media; existe, por una determinada razón, que muchos pensadores y teólogos se esforzaron por aclarar.

         Si fuésemos individuos medievales y leyéramos El fisiólogo, Santa María Egipciaca, libros de viajes como el de Marco Polo, el de Odorico, el del mencionado Mandeville, o incluso obras claramente de ficción (como los romans de caballerías, por ejemplo), estaríamos ante documentos más que verosímiles, “realistas” —aunque nos suene paradójico. Y es que somos parte de la elite culta e informada del siglo XX, que no puede admitir que lo que sabe producto de la imaginación, sea visto como real; de allí la aplicación de conceptos tales como “fantástico”, “maravilloso”, “realismo mágico”, “real maravilloso”.

         Pero para un indígena mexicano —aislado de la civilización hegemónica— tan verdadero es que un niño nazca sin un brazo por haber sido concebido cuando la luna estaba en cuarto menguante, como real es para el hombre medieval que existan unicornios, ave fénix, basiliscos, dragones, centauros, fantasmas, catoblepas, gigantes, hombres con cabeza en el pecho y ojos en la espalda, o sin nariz ni boca, o con un solo pie inmenso, o con testículos hasta las rodillas, etc. etc. La diferencia estriba en que lo que los indígenas —o los personajes de las obras que se insertan dentro del realismo mágico— viven como algo natural y continuamente presente —el “mundo mágico”, según lo califica el intelectual—, los hombres del Medioevo lo perciben como algo insólito, extraordinario, que no forma parte de su cotidianeidad. Y esto, me parece, es muy significativo.

         En los monstruos medievales se concentran y personifican los deseos y temores inconscientes del ser humano. Pero son seres deformes, hijos de lo desordenado, de lo extraño. Y en la Edad Media privaba la asociación del orden con el bien, y del desorden con el mal; San Agustín es claro ejemplo. Por lo tanto, lo monstruoso comúnmente va a adquirir un carácter negativo. Es más, no hay que olvidar otra relación producto del auge del neoplatonismo: lo bello es bueno, mientras que lo feo es lo contrario. Y el monstruo, generalmente, es el prototipo de la fealdad.

         Con lo dicho se hace patente que en lo monstruoso no pocas veces se halla la representación de lo que se cree peligroso para el hombre y para la sociedad —así sean nuestros deseos. Ahora bien, según antes indiqué, lo monstruoso no es algo presente sino alejado; está en la selva, en el desierto, en Asia, África, la India o los confines del mundo. Este hecho lo entiendo como un mecanismo eficaz,

 

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mediante el cual se excluye “lo malo” de la vida civilizada. Mas no por eso deja de existir. Allí está, en algún lugar, como recordándole al ser humano parte de lo que es, quiere, teme; pero que le es incómodo y concibe como negativo y, por ende, debe expulsar.

         La sexualidad es uno de los aspectos de mayor importancia si hablamos de los deseos y temores del hombre. Y ésta es prescrita por la sociedad en aras de su estabilidad y “progreso”. Es un hecho que la civilización se fundamenta en la represión de la sexualidad de sus miembros, y es regida según dictados de la ideología hegemónica vigente. Desde la infancia se da una ordenación restrictiva que tiende a valorar la parte superior del cuerpo como positiva, mientras que la inferior cae en el rango de lo sucio y lo malo; de esta suerte, los órganos sexuales y el instinto básico sexual se cargan de una conceptuación negativa. A ello hay que aunar la visión de la cultura oficial del Medioevo con respecto al acto carnal: éste es concupiscencia, si no se realiza con exclusivos fines de procreación. Con semejante peso ideológico, no es raro que muchos de los monstruos medievales sean seres sexuados; incluso cuando no tengan físicamente características de tal índole, alegóricamente las refieren. Y aquí entra el catoblepas, que habita “junto al manantial llamado Níger” y que es “una bestia” con “pesada cabeza” y “de mirar tan ponzoñoso que los que contemplan sus ojos pierden inmediatamente la vida. La concupiscencia de la vista —señala el dominico Tomás de Cantimpré (1200-1274)— se representa con este animal” (3).

         Los monstruos, ciertamente, descubren mucho del psiquismo humano en lucha entre lo que intuye y le dicta la civilización.

 

Hay en otra isla —dice Mandeville— unos hombres y mujeres que se tienen en uno pegados, y no tienen más de una teta. E tienen miembros de hombre y de mujer cada uno dellos; y usan de aquel que quieren, y el que para como mujer, aquel se empreña y pare hijos (4).

 

Esta monstruosidad semánticamente se dispara hacia muchos lados. ¿Androginia básica del individuo? ¿Tendencia homosexual? ¿Deseo de conversión en el otro sexo? En fin. Esto es humano, pero rechazado en la sociedad en la que se vive. No puede ser, pues, sino monstruoso. Al ser vuelto extraño se aleja del orden del mundo en que se vive, a la vez que cumple con una función liberadora (del miedo de tender hacia lo proscrito).

         Muchos de los monstruos medievales reflejan un temor esencial: el que produce el otro sexo. La mayoría de las representaciones revelan el de los hombres hacia las mujeres, lo que no es extraño en cuanto que en una sociedad patriarcal siempre habrá más muestras de elaboraciones masculinas que femeninas.

         En el rango de lo monstruoso cae lo que podría calificarse como la “mujer viril”. He aquí dos ejemplos:

 

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  1. Entrecomillados en Bestiario medieval. Ed. a cargo de Ignacio Malaxecheverría. 2a. ed., Siruela, Madrid, 1987, pp. 155‑156.
  1. Juan de Mandavila, Libro de las maravillas del mundo. Ed. de Gonzalo Santonja. Visor, Madrid, 1984, p. 132. [Esta edición reproduce la valenciana de 1524].

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Partimos de aquesta tierra y llegamos a una provincia, la cual era muy abundosa y muy fértil de muchos árboles y de muchas maneras de frutales, modernos a nosotros, en la cual tierra todas las mujeres tienen barba, como si fuesen hombres, y no tienen cabello en la cabeza.

 

Un doctor llamado Sigón, y otro que dicen Menfodoro, escriben que en África hay mujeres barbudas, las cuales saben tantas artes diabólicas que hacen secar los árboles y matan los niños de ojo (5).

 

El primer ejemplo es sumamente curioso. Estas mujeres barbudas y pelonas se hallan en un ámbito de exacerbada fertilidad. A mi modo de ver, es posible que incida en este cuadro el recuerdo —si bien inconsciente— de tradiciones arcaicas como la de los ritos de fertilidad, donde el sexo femenino juega un papel primordial, con la colaboración —desde luego— del sexo masculino. Si el ambiente es tan fértil es, precisamente, porque hay mujeres, pero que en sí llevan atributos masculinos. Ahora bien, mujeres con tales características físicas no pueden ser sino repulsivas, monstruosas. Y ello implica, simbólicamente, una suerte de rechazo a que el sexo femenino se adueñe de lo que la sociedad prescribe como patrimonio masculino. Para colmo, hay una involuntaria conciencia de que tal apropiación puede ser benéfica; pero es inaceptable en cuanto que conlleva el incremento de la posesión de fuerza de ese sexo efectivamente dominado en las realidad cotidiana, así como la disminución —por lo mismo— de la de los hombres.

         En la segunda cita transcrita la masculinización de las mujeres indirectamente expresa su poder, el cual se explicita, de manera negativa, con el contexto discursivo que informa del dominio que ejercen. Salta a la vista una equiparación presente: estas hembras barbadas actúan como brujas. En efecto, la mentalidad medieval relacionó la figura de la bruja con la adoración satánica, la destrucción, el poder y el asesinato (fundamentalmente de niños varones); y todo esto es muy parecido a lo que hacen estas africanas. Así, pues, las mujeres viriles, ya en su descripción, ya en la asociación de éstas con las brujas, son en verdad peligrosas; prototipo de lo antisocial, no pueden ser sino atentatorias contra toda vida civilizada. El sexo femenino, entonces, al ser poseedor de poder —lo que se revela con los caracteres físicos masculinos— cae en la perversidad y en lo destructivo. Mensaje extremo que transparenta la angustia del que realmente ejercita el dominio, de verse sometido por ese otro sexo en caso de que adquiera fuerza y poder, en caso de que se le igualase. Pero la conversión a la monstruosidad, si bien proyecta los propios miedos, a la vez los exorcisa. Y aquí cabe la afirmación de Kappler referente a que todo tipo de monstruo es una manifestación, marcada por Thánatos, de Eros (6).

         Una de las representaciones iconográficas de la humanidad que a mí me resulta entre las más atrayentes, es la vagina dentada. Esta monstruosidad, ejemplo como todas del funcionamiento simbólico del psiquismo, descubre el temor masculino de ser castrado, absorbido, devorado por ese otro sexo al que tiende, que

 

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  1. Ambas citas en idem.
  2. Claude Kappler, Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media. Trad. de Julio Rodríguez Puértolas. Akal, Madrid, 1986, p. 294.

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ciertamente le atrae —y esto constituye una debilidad. Desde la hegemonía freudiana, ha privado la concepción de considerar al falo como instrumento de dominación y de poder. Y esto ha sido favorecedor para los hombres, en cuanto que les brinda una suerte de seguridad. Pero ésta no deja de ser aparente, ya que lo que la iconografía revela es que lo que se conceptúa como símbolo de dominio, también puede ser, irónicamente, causa de la sujeción y la desgracia. En lo que respecta a las mujeres, por el propio miedo hacia el otro sexo así como por una sociedad que les ha impuesto jugar un papel secundario, aceptan el discurso hegemónico referente al falo, y se asumen como dominadas y, simbólicamente, “penetradas” por ese otro al que igualmente se tiende. Incluyo en lo aseverado al movimiento feminista, cuyo enfrentamiento parte desde una conciencia de dominación y no desde una perspectiva de fuerza. Pero ésta existe, puesto que el hombre es vulnerable según lo demuestra esa terrible vagina. En resumen, hay un temor intersexual que en parte radica en que tanto los hombres como las mujeres se sienten atraídos por sus contrarios, lo que los vuelve quebrantables. Pero mientras los hombres poseen mecanismos para relativizar esta situación, las mujeres actúan desde ella. No sé si sea mejor. Pero sí ha habido mujeres que se han asumido no en la sujeción, sino como poderosas. Y así les fue. Hago referencia, nuevamente, a las brujas, que exacerbaron el miedo masculino. Lo positivo, desde luego, sería que no obstante el problema intersexual en su doble vertiente psíquica y social, conscientemente se optara por el franco acercamiento, que no por la lucha. Tampoco sé la plausibilidad de lo dicho.

         Por último, me interesa referirme a un tipo de monstruos que asimismo poseen un carácter sexual, pero que presentan una particularidad por demás notoria: son hermosos, o tienen algunos rasgos bellos. Su representación no es extraña a la mentalidad medieval, ya que si bien existió y se extendió el pensamiento neoplatónico, también se dio un movimiento crítico que cuestionaba varios de sus elementos. La Egipciaca se inscribe en esta corriente, dado que muestra que el cuerpo de una mujer joven y encantadora puede encerrar el alma de una perdida, y uno deformado y bestializado, en cambio, el de una santa.

         Dentro de los “monstruos bellos” sobresale, sin lugar a dudas, la sirena. Ésta tuvo una doble tradición, sin dejar de ser “animal” marino: conjunción de mujer‑pájaro o mujer‑pez (en ocasiones aparece con las tres características; también puede tener otras formas, como mujer‑toro). En la baja Edad Media triunfa la segunda tradición mencionada, y así ha pervivido hasta nuestros días, aunque —por lo general— ya no se ve revestida de aspectos negativos.

         Anteriormente puntualicé que es evidente la atracción intersexual, y que ello implica la percepción de que se es vulnerable y que, en último extremo, puede acarrear consecuencias funestas. No hay mejor manifestación de esta realidad humana que la sirena. Atrae, ciertamente; pero su dulce canto duerme y hunde a los navegantes. Es, pues, una expresión de los peligros del deseo —en este caso, del hombre. No es en balde, así, que simbolizara “la tentación demoníaca y [...] la lujuria” (7),

 

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  1. Nilda Guglielmi, en El Fisiólogo. Trad. de Marino Ayerra Redín y Nilda Guglielmi. Introd. y notas de N. Guglielmi. EUDEBA, Buenos Aires, 1971, p. 91 nota 86. [Esta edición se basa en el Physiologus latinus. Versio Y].

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insistiendo los bestiarios y demás documentos y obras pictóricas o escultóricas, en sus elementos de seducción: la voz melodiosa y acariciante, la larga cabellera flotante, los senos desnudos, etcétera.

         Y ya para concluir, permítaseme reiterar que los monstruos efectivamente existen tanto para el emisor medieval como para el receptor coetáneo. No caben, pues, dentro del terreno de lo maravilloso, mágico o fantástico. Son tan reales como lo son nuestros deseos, como lo son nuestros miedos.

 

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