DATOS DE PUBLICACIÓN: Lillian von der Walde Moheno, "Indiano, simple embustero", en Dramaturgia española y novohispana (siglos XVIXVII). Ed. de Serafín González y Lillian von der Walde. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1993, pp. 149-158. ©

 

 

INDIANO SIMPLE

 

 EMBUSTERO

  

 

 

 

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El anónimo Entremés del Indiano, que aparece en la primera parte de las Comedias de Lope de Vega (Valladolid, 1609) y que fue recopilado por Emilio Cotarelo en su importante antología (1), denuesta fuertemente al hombre venido de América, a la vez que critica a aquellos peninsulares que, movidos por el afán de lucro, confían en él. Su línea argumental no presenta dificultad alguna: plan de una estafa, realización de ésta, descubrimiento y venganza (2). Y en lo que respecta a los personajes, éstos se agrupan en una oposición básica que enfrenta a un grupo conformado por un viejo y un bobo, contra otro compuesto

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(1) Vid Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas desde fines del siglo XVI a mediados del XVIII. Introd., ed. y notas de E. Cotarelo y Mori. T. I, v. I: Bailly/Bailliére, Madrid, 1911, pp. 138-140. (Todas las citas se harán con base en esta edición). También es posible consultar el texto en: Lope de Rueda, Miguel de Cervantes, Quiñones de Benavente, "Pagar y no pagar" y otros entremeses. Introd. y sel. de Josefina Delgado. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971, pp. 89-91.

    Como se sabe, Lope negó la autoría de muchos entremeses y loas incluidos en la edición de 1609 (vid. Hannah E. Bergman, Luis Quiñones de Benavente y sus entremeses. Castalia, Madrid, 1965, p. 25), y me parece evidente —como a todos los críticos— la no responsabilidad del dramaturgo en la sencillísima pieza del Indiano.

 

(2) Esta acción dramática —de conflicto, nudo y resolución— es la más característica en los entremeses; otra es la estructuración en serie: desfile de figuras.

 
 
 
 

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por tres seres tradicionalmente infamados en el teatro áureo: indiano, moro y vizcaíno. No hace falta decir quiénes serán los embaucadores y quiénes las víctimas, las cuales finalmente se desquitan y castigan merced al convencional desenlace de la tunda a porrazos.

    Creo, con Díez Borque, que es un error de la crítica "acomodar mediante un sociologismo mecanicista literatura y vida" (3), pero que en la actuación de las "dramatis personae pueden descubrirse unos componentes sociales" (4). Ahora bien, me interesa puntualizar que en la creación dramática de la época que nos ocupa, la caracterización no pocas veces responde a los dictados de la ideología hegemónica. Por tanto, la determinación de elementos de índole social que provee el estudio de los tipos, remite a una visión avalada por un buen número de personas, pero que trastrueca, acomoda, exacerba o incluso inventa ciertas actitudes y comportamientos de los referentes de carne y hueso.

    Señalado lo anterior es posible afirmar que la especificación del indiano, morisco y vizcaíno como maleantes timadores, revela una extendida corriente de pensamiento entre los españoles de la Península —y más concretamente, entre los castellanos—, que tiende a menospreciar y rechazar aquello que resulta relativamente ajeno, y ello con el fin de preservar un ambiente ideológico que valora a un amplio sector de la sociedad, al tiempo que sirve como mecanismo compensatorio ante una situación económicamente injusta.

    En lo que concierne a la figura del vizcaíno, los "ingenios" se esfuerzan en reducirlo a estúpido, hecho que entiendo como una manera de resolver la incómoda presencia de individuos con una microcultura propia, con lengua extraña y con orgullo de limpieza de sangre. Ante la otredad se opta por el desprecio, que no por la siempre más difícil apertura. Pero esto, además, reporta beneficios: se logra cohesionar a un público que, no obstante la diversidad en la situación monetaria, sale de la función reconfortado en virtud de su procedencia nacional y su indiscutible superioridad —ya en los usos, ya mental.

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(3) José María Díez Borque, Sociología de la comedia española del siglo XVII. Cátedra, Madrid, 1976, p. 211. 

 

(4)   Ibid., p. 212.

 
 
 
 

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Cabe señalar, por otro lado, que la estima que realmente se daba a la "pureza" del linaje se ve relativizada en la figura del vizcaíno; por tanto, es posible decir que el criterio del valor sanguíneo rige con toda su fuerza cuando va aunado a ciertas "nacionalidades" y a determinados modos de ser.

    Dentro del mencionado aparato ideológico despectivo cae casi todo lo que sea o parezca extranjero. Y así el hombre de origen moro, que en la comedia nueva o "antigua" (5) va a ser burdamente tratado. La descalificación alude a una cultura oficial que durante siglos ha propugnado la separación de castas. Ahora bien, este elemento cultural que propaga la importancia de la limpieza de sangre y de la verdadera fe religiosa —no impuesta—, oculta y hace persistir otro aspecto igualmente importante: el carácter nobiliario de la ideología oficial. En éste se menosprecia a todo aquel que trabaja con sus manos y que obtiene dinero mediante la actividad mercantil, y bien sabemos que los moriscos o eran jornaleros o se dedicaban al comercio ambulante. En resumen, el maltrato al morisco alimenta en la mayoría su propio ego cristiano y de claro linaje, y así se conforma con su suerte; pero en un segundo nivel semántico, tal maltrato de alguna manera apoya ese espíritu nobiliario que rechaza el trabajo individual y la plausible movilidad social. Si esto vale para el morisco, qué decir para el converso de ascendencia judía, cuyo medro era más evidente y representaba mayor peligro desde una perspectiva oficial.

    Hasta aquí hemos visto el trasfondo cultural que hay en la caracterización de moro y vizcaíno, la cual coadyuva a acallar las protestas de representantes de una ideología alternativa que pretendía hacer radicar el valor del individuo en la virtud. El Entremés del Indiano, al describir como rufianes a sendos personajes, se inserta más claramente aun en la corriente conservadora predominante, y hace de la

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(5) Era muy popular entender al entremés como "comedia antigua". Al respecto apunta Wardropper: "Observa [Lope de Vega] [...] que la gente ha adquirido la costumbre de referirse a las 'comedias antiguas' como 'entremeses'. Es como si él tuviera al entremés —con su unidad de acción y sus personajes plebeyos— por modelo moderno de la comedia escrita según los principios neoaristotélicos". (Elder Olson, Teoría de la comedia. Bruce W. Wardropper, La comedia española del Siglo de Oro. Trad. de Salvador Oliva y Manuel Espín. Ariel, Barcelona, 1978, p. 201.

 
 
 
 

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comicidad, como diría Robert Jammes, "una risa recuperada por las clases dominantes" (6).

    Por otra parte, es típico en nuestro entremés caracterizar, además de por las acciones, a través de algunos rasgos léxicos que asimismo establecen la diferencia con el auditorio. Me refiero particularmente a dar nombre al morisco —Hamete— o que utilice enunciados propios de su cultura que habrán de ridiculizarse: "Alá y Zalemas" responde el Morisco cuando el Viejo pregunta quién lo busca, a lo que el Bobo, que ha descubierto el origen del interlocutor, contesta con el calificativo de "perro" —que subraya la visión del mundo del autor, aprobada desde luego por el público. El chiste continúa: "¿somos aquí especieros que nos pedís alhucema?" (7). También el dramaturgo hace que el vizcaíno marque, sin lugar a dudas, su procedencia, lo que asimismo le sirve para derivar un chiste. El torpe embustero pretende elevar un apellido al hacerlo "de Lipozco Guadarrama", con lo que no obtiene más que la burla del Bobo —y de todos los escuchas. Por último, el Indiano —figura a la que inmediatamente pasaré a analizar— comprueba su origen al decir que trae, junto con otros elementos, una piedra bezar, que la imaginación popular y aun científica creía se formaba "en las entrañas y en las agallas de cierta cabra montesa en las Indias" (8).

    Ahora pasemos a la valoración, siempre negativa, del indiano en el teatro de los Siglos de Oro, la cual responde al señalado carácter antiburgués de una ideología que pretende seguir siendo hegemónica.

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(6) "La risa y su función social en el Siglo de Oro", en Risa y sociedad en el teatro español del Siglo de Oro. Actes du 3e Colloque du Groupe d'Études Sur le Théâtre Espagnol. Toulouse, 31 janvier - 2 février, 1980. C. N. R. S., Paris, 1980, p. 10.

 

(7) Es una ocurrencia fácil que se justifica por tratarse de un bobo inculto, que irónicamente en la obra va a resultar ser el más agudo. "Çalemas" era una palabra de uso común, que no tenía por qué confundirse. Sobre el vocablo indica Cobarruvias: "La cortesía y humilde reconocimiento que haze el inferior al mayor, con mucha sumisión; y assí tenemos una frasis castellana, para dezir que uno haze a otro reverencia afectadamente, que haze çalemas. Nació del modo de saludarse los moros unos a otros quando se topan con estas palabras: Ala hyi zalemaq, que valen: Dios te salve". (Tesoro de la lengua castellana o española [1611]. Turner, México, 1984, p. 391).

 

(8) Ibid., p. 214. Cobarruvias relata haber tenido una en sus manos. ¿Lo engañó un indiano?

 
 
 
 

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Y digo "pretende" porque en la España peninsular se iba fortaleciendo una concepción de medro basada en la actividad mercantil y en la capacidad monetaria. No son en balde, así, los ataques al "dinerismo" y al deshonor que entraña la dedicación al comercio: miembros y testaferros del mundo nobiliario sienten que su poder se resquebraja. En este marco, el indiano comporta —para la concepción oficial— una suerte de subversión del relativamente debilitado orden impuesto, mayor quizá que la provocada por aquellos de sangre "impura". Y es que el indiano es más semejante a la mayoría peninsular, lo que conlleva la no funcionalidad de los criterios que sustentan la separación por un origen de casta —por más que en ocasiones se hayan utilizado para intentar devaluarlo (9).

    El hombre que vuelve o visita a la Madre Patria, que es español, que habla el mismo idioma, que profesa y defiende la fe católica, que es, en una palabra, tan cercano, es subversivo en cuanto que ha alcanzado un rápido ascenso económico debido a su inscripción en una economía mercantil, y poco o nada debe a "heredades" ni a linajes. Además, y para colmo, produce interés e incluso reconocimiento en los estratos medios y bajos de la sociedad, que ven en él el espejo de la propia posibilidad de progreso. Con lo dicho no pretendo que se crea que todo indiano era afortunado económicamente, lo que asevero es que privaba un estereotipo que asociaba a tal sujeto con la riqueza. El teatro recoge ese estereotipo ya para negarlo, ya para avalarlo; pero ahí está:

 

    El indiano prácticamente siempre aparece como rico pues, aun cuando no lo sea, asegura que lo es. Riqueza e indianidad son cara y ceca de una misma moneda (10).

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(9) Por ejemplo, se argüía que un buen número de españoles americanos provenían de familias con "turbio" pasado religioso. Sin embargo, los habitantes de la Península sabían perfectamente que se trataba sólo de algunos casos, y que tal consideración de ninguna manera se aplicaba a la generalidad de la población hispánica transatlántica.

 

(10) D. Rípodas A., "Estudio preliminar", en El indiano en el teatro menor del Setecientos. Est. prel., ed. y notas de Daisy Rípodas Ardanaz. Transcripción de textos de Inmaculada Lapuista. Atlas, Madrid, 1986, p. XV. La afirmación, evidentemente, vale lo mismo para las piezas dramáticas de los Siglos de Oro.

 
 
 
 

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Tanto se le relacionaba con el dinero que, en los dramas, quienes querían "ser tenidos por ricos se fingen indianos" (11), lo que constituye una prueba más, como indica Morínigo, del favor que le dispensaban los peninsulares de los mencionados estratos (12).

    La mayoría de los autores teatrales de los Siglos de Oro, al dar un tratamiento desfavorable al hombre venido de América, se ponen al servicio de los intereses del grupo nobiliario que veía en él un peligro. La desmitificación abarca varios aspectos, entre los que sobresalen, el exotismo en las costumbres, el lenguaje ampuloso, la exageración en el vestir, así como la poca generosidad y desprendimiento en asuntos monetarios —a no ser para satisfacer ciertos gustos extravagantes y la apetencia por mujeres. En fin, la figura que se explota es la de un advenedizo sumamente ridículo, con lo que se niega su aspiración caballeresca tan marcada en la comedia.

    El Entremés del Indiano cae dentro de un subconjunto muy reaccionario, el cual desarrolla la igualdad indiano‑pícaro. Tal equivalencia se apoya en una corriente que difundía la idea de que el viajante a las colonias transatlánticas era, además de ambicioso, un ser de inquietante pasado o perseguido por la ley; "astuto", ciertamente, "para brujulear en América" (13), lugar donde "habían perdido su eficacia los rígidos frenos morales y sociales" (14). Representante de esta corriente extrema es Suárez de Figueroa, quien dice:

 

Todos [los indianos] [...] ignoran, todos yerran, todos son inexpertos; fundando la verdadera sabiduría y las más finas agudezas sólo en estar siempre en la malicia, en el engaño y doblez. No he visto hacienda adquirida en aquellas partes lograda bien en las nuestras. ¡Qué deslucidos casi todos, qué míseros, qué faltos de amistad, qué sobrados de odio, qué inútiles, qué despegados, qué malquistos! ¡Notables sabandijas crían los límites antárticos y occidentales! [...] Mas, ¿qué puede haber en parte donde tanto triunfan los vicios, donde tanto campea el interés? Todo es

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(11) Idem.

 

(12) Vid. Marcos A. Morínigo, América en el teatro de Lope de Vega. Anejo II de la Revista de Filología Hispánica, Buenos Aires, 1946, p. 208.

 

(13) D. Rípodas A., op. cit., p. XXI.

 

(14) M. A. Morínigo, op. cit., p. 157.

 
 
 
 

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destruir, todo es aniquilar las vidas y haciendas de los que tienen entre manos. Tiranos crueles [...] (15).

 

    El Indiano de nuestro entremés cabe perfectamente en muchas de las características apuntadas en la cita. Es él quien planea la estafa: fingirse hijo de un hermano que tiene el Viejo en Indias, decirle que le trae, además de un esclavo (el Morisco), muchos regalos que encierra en una arca, y pedirle doscientos ducados para pagar el flete al capitán de la embarcación (el Vizcaíno). Y el embuste se lleva a cabo. Es fácil colegir que el propósito del autor de esta pieza es confirmar las particularidades más negativas que un sector de "ingenios" e intelectuales aplicaba al español de las colonias. Por un lado, se afirma que la razón de ser del indiano gira alrededor del dinero, lo que lo vuelve codicioso; en segundo lugar, se comprueba la verdad de la aseveración concerniente a la baja calidad moral de dicho individuo, cuyo modo natural de actuar es el engaño. Un aspecto más que quizá subrepticiamente aparezca en este entremés, es el de atentar contra la idea que se tenía de las tierras del otro lado del océano: si tan burdamente se roba es porque se es pobre, porque América no es el increíble lugar donde los metales preciosos brotan por doquier, sino que el que va sin plata regresa igual. He aquí una lección para los posibles candidatos a indianos que observan la obra.

    Como se ha visto, el personaje que da título al entremés es un perfecto pícaro, pero para que no quede lugar a dudas de que tal es la esencia de aquel que se dirige a las Indias, el autor se torna redundante en la conceptualización del hermano del Viejo. Primero utiliza la ironía: "¡Oh, sobrino, hijo de un hombre harto honrado!" dice el Viejo. Y luego, inmediatamente, la hace evidente: "Yo le vi sacar los dientes por testigo falso" —acota el Bobo seguramente en aparte.

    Es de todos sabido que en las creaciones dramáticas donde aparece un indiano, el argumento generalmente se sustenta con base en la relación entre este personaje y otros que creen poder obtener prove-

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(15) En El pasagero. Ed. de F. Rodríguez Marín. Biblioteca Renacimiento, Madrid, 1913, pp. 147-148. Cit. también en ibid., pp. 175-176.

 
 
 
 

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cho de él. Nuestro entremés no constituye la excepción; por tanto, hay que tomar en cuenta a la figura del Viejo, quien considera que la presencia de su sobrino en verdad lo beneficiará: "¡Ay, hijo de mi alma!, gran dinero se nos apareja", exclama ante la anunciada visita del venido de Indias.

    La relación arriba mencionada en lo absoluto es gratuita; por el contrario, refiere el hecho real de que el indiano era esperado y recibido con avidez por parientes y conocidos, dada la apuntada convicción en su riqueza. Ahora bien, lo que se desprende de la pieza que hemos venido tratando, es que tal actitud no sólo es una inocentada (el indiano no es lo que se piensa), sino que implica una conciencia ambiciosa bastante poco honorable. En efecto, la alegre recepción del Viejo hacia el que piensa es su sobrino se debe a que ve en él la posibilidad de obtener fáciles ganancias de índole económica. Así pues, tan codicioso es el uno como los otros (no en vano el Viejo es hermano de un aventurero que fue a América). Pero la ambición enceguece, al grado de que se confía en un indiano. Además, ésta hace del hombre un tramposo: el Viejo abre el arca contraviniendo las indicaciones de su sobrino, hecho que irónicamente lo lleva a descubrir el engaño.

    Entremés al fin, el Viejo carece de cualidades morales (16); y si no estafador, sí ávido oportunista. El personaje es, pues, igualmente satirizado. El objeto implícito de esta provocación a la risa tiene que ver, nuevamente, con el intento de que se rechace el "dinerismo", ante el evidente valor que cobraba la idea de que con poder económico se lograba mucho; en otras palabras, consciente o inconscientemente se busca una actitud conformista, la cual coadyuva, en última instancia, a la manutención de una sociedad que se desea dividida en estamentos inamovibles.

    El conformismo está representado en la figura del Bobo, que como

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(16) Al respecto H. Bergman señala que "amor, lealtad, valor, generosidad, abnegación, honor, quedan totalmente fuera del mundo entremesil"; por ello, los "chascos" de "las víctimas de los engaños y burlas" "no mueven a lástima sino a risa". (Entrecomillados de su "Introducción crítica", en Ramillete de entremeses y bailes, nuevamente recogido de los antiguos poetas de España. (Siglo XVII). Ed., introd. y notas de Hannah E. Bergman. Castalia, Madrid, 1970, p. 14).

 
 
 
 

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no aspira a nada puede ver mucho más allá que aquel que ha sido cegado por el afán de lucro. Así, se da una suerte de inversión de papeles: el Viejo, en virtud de su ambición, se convierte en estúpido; mientras que el Bobo, por carecer de ella, es el verdaderamente aguzado. Por ello desde un primer momento se da cuenta de que el Indiano "viene a desaparejar el dinero"; por ello no da fe a una sola de las palabras de éste.

    En nuestro entremés el personaje del simple es tratado irónicamente; en realidad se acerca a la figura del gracioso, el cual cumple el cometido de revelar "el lado cómico de las personas y acciones" (17). Pero además, lleva a cabo otra función: remacha en el público lo que éste ya sabe desde el inicio del espectáculo, y que es que el Indiano y sus acompañantes no son sino unos viles embusteros —aspecto que implica, como es obvio, recalcar toda una visión del mundo.

    El descubrir cómicamente la verdadera esencia de las personas se realiza a través del generalizado recurso entremesil del juego de palabras. Las paronomasias o trastrueques con cercanía fonética se concentran en el diálogo Indiano-Viejo, donde el Bobo contrapuntea las apreciaciones de su patrón, utilizando para ello lo dicho por el Indiano. Veamos, pues, la conversación con respecto al contenido del arca, no sin antes señalar que el equipaje real o supuestamente repleto de alhajas, vajillas, dinero y demás maravillas, era un tópico teatral que mucho tenía que ver con lo que pasaba fuera de la ficción (18). Cuando el Indiano dice que viene a traer ciertas joyas, el Bobo replica con un polyptoton: "No, sino inciertas". Cuando indica que dará una "cajuela de rubíes", el criado intencionalmente confunde el enunciado mediante variación mínima de letras o annominatio, y así obtiene una "cazuela de rabíes" —que come muy bien "quitadas las cazuelas". Por semejanza fonética relajada, la ya dicha "piedra bezar" se convierte en "pierna bestial". Por último, también se dan respuestas burlescas: "Traigo una cadena de oro" àà "Para atar el galgo es buena".

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(17) Eugenio Asensio, Itinerario del entremés desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente (con cinco entremeses inéditos de D. Francisco de Quevedo). Gredos, Madrid, 1965, p. 38.

 

(18)  Vid. D. Rípodas A., en op. cit., pp. XIV, XXVII y XL.

 
 
 
 

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  El Viejo cree que el Bobo sencillamente es eso: un simple que discurre necedades. Por tanto, da los ducados a los rufianes. Los espectadores probablemente se burlen de lo hecho, y es que fueron capaces de captar —porque así lo había determinado el autor— la ironía contenida en ambos personajes, y que ahora nuevamente parafraseo con el quiasmo "la (aparente) mentecatez es agudeza, y la (aparente) agudeza es mentecatez". Reconfortados han de quedar aquellos que presencian la obra. Su intuición, que ciertamente fue dirigida, se ve confirmada al igual que la del Bobo. Al abrir el arca no se obtiene otra cosa que no sea una cadena mohosa —buena "para atar el galgo" —, una pata de asno —efectivamente bestial—, una talega con carbones —"dinero", pero "que debe ser de duende"—, etcétera.

    Si bien el Entremés del Indiano es una pieza sumamente simple, hay que reconocer que el dramaturgo posee la suficiente habilidad como para conformar una firme y rápida trama que se sustenta en la idea del desorden que provoca el afán de lucro. Quizá la obra haya sido aplaudida por lo siguiente: Hizo reír, con lo que se dio cabal cumplimiento a la misión del género. Brindó al público la oportunidad de ponerse por encima de los personajes, en cuanto que continuamente pudo desentrañar sus rasgos íntimos. Y concluyó de la manera deseada (restauración del orden, previo escarmiento al Viejo y palos para el terceto indigno y ajeno), después de exaltar —por oposición— ciertos aspectos de la escala de valores de la ideología hegemónica.

 

 

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