DATOS DE PUBLICACIÓN: Lillian von der Walde, Grafitti: un análisis”, en Diálogo (Revista Interdisciplinaria de la Universidad Autónoma de Zacatecas), núm. 16 (mayo-junio 1990), pp. 5-12. (Número especial de aniversario). ©

NARRATIVA HISPANOAMERICANA

 

GRAFITTI, DE JULIO CORTÁZAR

(UN ANÁLISIS)

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  • Grafitti es un excelente cuento de Julio Cortázar, en el cual se desarrolla —fundamentalmente a través de dos personajes— la oposición Estado/sociedad civil durante la dictadura militar argentina (1).

  • Grafitti puede ser considerado como una historia de amor que se malogra en virtud de la acción gubernamental o, también, como la historia de la ilusión de amor que se frustra por la intervención del gobierno (2).

  • El título de la obra refiere los dibujos que se realizan en los muros, paredes, puertas, etc. que dan a la calle. Pronto el nombre del texto cobra significado. Se trata de un juego que implica rechazo, protesta y enfrentamiento.

Queda a continuación el análisis de Grafitti, el cual se efectúa siguiendo cada párrafo del texto (3).

 

 PÁRRAFO I (p. 129)

El cuento comienza con el siguiente enunciado: “Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego”. El ser humano quizá juegue para obtener ciertas emociones de las que carece en el mundo, extremadamente codificado, de lo que usualmente hace. Con el juego, rompe el quehacer corriente y entra a un nuevo espacio —con otros códigos, otras leyes— en el cual requiere de la puesta en práctica de estrategias de acción.

    Hay cosas, pues, “que empiezan […] como un juego”, que el hombre lleva a cabo para salir del mundo de la cotidianidad, para matar el “aburrimiento” (vid. párr. II, la. línea), para conseguir nuevas vivencias. Pero existen juegos —la mayoría de ellos— en los que se gana o se pierde. Y si hay cosas que “acaban como un juego”, ello implica que se vence o se es derrotado.

El primer enunciado del cuento sugiere al lector, por una parte, que algún o algunos futuros personajes realizarán algo a la manera de un juego (ya se ha dicho lo que éste comúnmente significa); por otra, que lo que se efectúe puede concluir bien o mal —como un juego—, puede continuar indefinidamente o puede simplemente terminar no como un juego —sin triunfo o derrota— (la ambigüedad de la palabra “acaso” dispara estos tres sentidos). El autor, pues, se niega a indicar a qué conduce el juego, como un mecanismo para prender y retener la atención del lector.

Inmediatamente después del enunciado se vislumbra el carácter del juego: trazar un dibujo en alguna pared, en algún lugar público, y observarlo posteriormente. El lector conoce que hay un personaje que juega; que existe otro que realiza el mismo juego y que intenta hacerlo de dos, compartirlo con el primer personaje. Éste, a su vez —se revela en el primer párrafo—, de alguna

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(1) Se sobreentiende que se trata de ese periodo.

(2) Esto quedará aclarado en nuestro estudio.

(3) La página o páginas que aparecerán entre corresponden a la siguiente edición: Julio Cortázar, Queremos tanto a Glenda. 3a. ed.,, Nueva Imagen, México, 1983.



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manera ha participado con el otro en el juego: regresa para ver el dibujo que ese otro había hecho, siguiendo, desde luego, las estrategias con las que se lleva a efecto el juego (“volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre”).

Así, pues, en el primer párrafo se presenta la interrelación de dos personajes indiferenciados —no se sabe su nombre ni su sexo ni su edad—, interrelación que está dada en virtud de un juego: la realización de grafitti y su observación. El título, pues, cobra un mayor significado.

El término “precauciones”, que refiere la puesta en práctica de acciones para llevar a cabo el juego, muestra la presencia de un adversario, el cual quedará un tanto concretado en la expresión “carro celular”. Pero además, el término y las acciones revelan que se trata de un juego peligroso, así como determinan la gravedad del adversario. Aquí ya se hace plausible especificar la visión del mundo de Cortázar, la cual podría parafrasearse como la consideración del ser amenazante y represivo del aparato gubernamental. Ahora bien, como toda obra tiene un referente histórico, la visión del mundo del autor adquiere un carácter denunciatorio: la situación de terror que se vivía en la Argentina de los militares.

En este primer párrafo destaca, casi a primera vista, la narración en segunda persona  —la cual se mantiene, con excepción de las once últimas líneas, a lo largo del cuento. «Alguien», desde un presente, se dirige al que es el personaje central (el carácter protagónico lo da el mismo empleo del tiempo verbal), y narra el pasado de dicho personaje: cuenta sus actos e incluso sus pensamientos (“te diste cuenta de que era intencionado”); sin embargo, en algún momento duda del conocimiento de su psicología (“supongo que te hizo gracia”). De esta forma, los lectores se encuentran ante un narrador «cuasiomnisciente» —si es posible referirlo de tal suerte—, que ha observado la conducta del personaje y que ha conocido su mente, pero que en una ocasión pierde la certeza, esto es, supone solamente.

Por otra parte, conviene señalar que el lector nada sabe del narrador. Este último puede ser ya el autor, ya un personaje que quizá aparezca o no en la historia. Es más, puede ser el propio protagonista desdoblado; en otras palabras, que él se autorefiera su pasado, aunque en un momento olvide la impresión que le causó encontrar un dibujo al lado del suyo.

La imprecisión del narrador se encuentra en relación directa con lo sorpresivo del final; esto es, lo sorpresivo es resultado del desconocimiento del narrador, Desde luego, y quizá sea apropiado decirlo en este instante, la últimas líneas del texto obligan a reestructurarlo. Quien se apro­pia del carácter protagónico es la mujer. Las acciones y el pensamiento del hombre son producto de la

 

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 imaginación de ésta. Pero, en fin, hasta este primer párrafo ni se sabe que se trata de un hombre ni que existe un personaje femenino.

Por último, únicamente se desea indicar que, gracias a lo expresado al final del cuento, el “supongo” de la segunda línea deja de tener un significado de duda, de algo que no se conoce con precisión, para adquirir un sentido literal: supongo = imagino. No hay, entonces, mentira. La mujer, señalan las últimas líneas del texto, ha imaginado la vida del hombre. Y, en efecto, al inicio del relato ella dice que imagina que a él le hizo gracia encontrar el dibujo; imagina, pues, la vida del hombre.

 

PÁRRAFO II (pp. 129‑130)

En un primer nivel semántico se dice que el juego no es una protesta “contra el estado de cosas en la ciudad”, sino que tiene el solo objeto de abandonar el “aburrimiento”, de alcanzar la diversión: 

Simplemente te divertía hacer dibujos […] venir a verlos [...] asistir a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos…

Sin embargo, el juego va más allá de la mera diversión, implica la trasgresión de lo prohibido. De esta forma, en un segundo nivel semántico, el juego en efecto es una protesta, un decir «no estoy de acuerdo».

    Así, pues, hay un significado que se superpone a otro. Se indica que no se trata de una protesta, cuando en realidad es tal, y así se entiende. Incluso, puede ampliarse aún más este segundo significado: no es sólo una desaprobación que se hace pública, sino un enfrentamiento La presencia misma de un adversario en el juego, ya expresa un enfrentamiento; además, éste queda muy claro si se consideran las siguientes líneas:

En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado estaba verdaderamente el miedo; quizá por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo…

 El antagonista teme; entonces, es posible inquietarlo, molestarlo, ir resquebrajando su poder.

    Hay que apuntar, por otra parte, que el carácter lúdico del juego —con todo y el miedo— permanece estable. El juego significa diversión, y de eso no hay duda.

    Ahora bien, el enunciado que refiere el temor del antagonista, además de explicitar la visión del mundo de éste, revela la inconformidad generalizada de la sociedad hacia el régimen de terror impuesto (régimen que se ha representado con mayor claridad en este párrafo que en el anterior). Si la sociedad estuviese conforme con su gobierno, no habría por qué temer. Cortázar, así, muestra un universo de desazón, de malestar frente a un Estado militar arbitrario, represor y, como más tarde lo describirá, ciertamente cruel. Reflejo de una realidad, como se sabe, como lo han señalado Amnistía Internacional, las madres de la Plaza de Mayo, periodistas, los cientos de miles de ciudadanos argentinos —no sólo los exiliados, los torturados—, etcétera.

    Como es posible observar, de una manera subrepticia, a través de un simple enunciado (“en la ciudad ya no se sabía [...] de qué lado estaba [...] el miedo”), la oposición inicial personajes/aparato gubernamental se ha ampliado muy significativamente a la de sociedad/Estado.

 

PÁRRAFO III (p. 130)

En este párrafo aparece la siguiente precisión semántica: la sociedad civil entera participa del juego del que parece el protagonista. Éste, así como el otro personaje del primer párrafo, dibujan y observan; los otros, sólo observan. Estos últimos no juegan plenamente, pero juegan de algún modo (pasivo). Miran rápidamente sin detenerse; saben la estrategia a seguir. Comparten, así, el juego‑rechazo a la circunstancia. Tal vez por eso al personaje se le abre —mientras se conserva su dibujo en el muro— “un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza”.

    El carácter compartido del juego‑rechazo se expresa, como se dijo, en la actitud de los ciudadanos (ven el dibujo); pero, sobre todo, en la expresión subrayada, “A mí también me duele”. Esta expresión recuerda la de Unamuno: “me duele España”. Pero

 

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mientras que para el escritor español el dolor es algo personal, para Cortázar, en virtud del empleo del vocablo “también”, tiene un carácter universal. De esta manera, nuevamente es posible establecer el paralelismo personajes‑sociedad civil, y la oposición ya vislumbrada en el párrafo anterior se ve, en éste, reforzada.

    La expresión, por otra parte, redunda en el porqué del juego del protagonista, en su significado. El personaje no dibuja únicamente por diversión, sino que lo hace porque le duele —como a todos— su patria (aquí se interpreta la frase como la verbalización de los dibujos). Él se atreve a dibujar, y al hacerlo, vuelve explícito su rechazo: protesta, se enfrenta (significado del juego).

 

 PÁRRAFO IV (pp. 130‑131)

En el párrafo cuarto se retoma el inicio del texto: el encuentro del otro dibujo. Además, se define el sexo de ambos personajes. La precisión del sexo del personaje central está dada, fundamentalmente, por el empleo del masculino; aunque, también, por la idea de compensación. (Desde la perspectiva de la sexualidad imperante, sólo un hombre, que carece de compañía amorosa, puede imaginar —para compensarse— que quien hace los dibujos es una mujer). El enunciado clave es el siguiente:

A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación

     La determinación del sexo del «otro» personaje se realiza en la mente del central. Él imagina, por ciertos datos, que es una mujer —no obstante que en un momento dude, que por un instante piense que su imaginación es mera compensación. Ahora bien, de hecho el lector no puede saber si se trata de una mujer. El narrador nada ha dicho, únicamente ha referido el pensamiento y sensaciones del personaje masculino. Pero este último tiene tal certeza de que es una mujer —como se aprecia, a través del narrador, en párrafos posteriores—, que el lector da su voto de confianza, cree efectivamente en la sexualidad femenina del «otro» personaje. Al final, el lector corroborará su visión. Es una mujer, pero el personaje masculino —que quizá nunca existió— no ha pensado nada, ella ha imaginado que él piensa, que la piensa.

    Como se sabe, las referencias a la mujer siempre son en tercera persona: “la admiraste, tuviste miedo por ella”. Hecho que no es sino un recurso del autor para engañar al lector, para que éste no llegue a sospechar quién es el narrador. Sólo en la conclusión del texto se podrá saber que es un «me admiraste, tuviste miedo por mí»; sólo en el último párrafo se conocerá que ella hubiera deseado haber sido admirada, que alguien hubiese sentido miedo por ella.

    En el cuarto párrafo se expone la experiencia de dos sensaciones contradictorias: diversión y miedo. Como el juego se amplía, como hay un participante activo más, el temor de quien juega se duplica y la diversión se hace mayor (“unas ganas de reír, de quedarte ahí […]”). La diversión es, en buena medida, función de la trasgresión que el juego implica; esta última, como se sabe, tiene una ba­se moral (se efectúa como una forma de reaccionar ante la represión, la injusticia, la crueldad). El miedo, asimis­mo, es función de la trasgresión, dada la circunstancia social. Estas dos sensaciones, así, son producto del quebrantamiento de la disposición impuesta, quebrantamiento que se realiza en virtud de que se juega (aquí se ha utilizado un lenguaje un tanto ajeno a las ciencias humanas. Y es función de X, en cuanto que X condiciona la aparición de Y).

 

PÁRRAFO V (p. 131)

El juego, sin dejar de ser protesta y enfrentamiento, tiene para ambos personajes el siguiente propósito: llamar al otro, buscar al otro, mantener la interrelación con el otro. Hay un deseo de comunión, de algo que se acerca al amor:

le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco

    En virtud del anhelo del otro ser, por la irrupción de ese otro en el propio mundo, el tiempo

 

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ya no puede ser sino diferente: “más bello”, con mayor responsabilidad, con mayor temor.

    Ahora bien, si la mujer ha imaginado la vida del hombre (vid. p. 134, párr. X), si se interpreta que éste nunca existió (el final del cuento es ambiguo, ofrece la posibilidad de afirmar o negar la existencia del hombre), en el proceso de reelaboración del texto la cita anterior se vuelve ciertamente dolorosa. La mujer no ha recibido ningún puerto con velas por parte del hombre, ni éste deseó hablarle con palabras bellas ni la vio hermosa ni la quiso un poco. Ella ha estado siempre sola y lo seguirá estando. (Aquí se ha hecho sólo una lectura, la más trágica. Cabe la posibilidad de que el hombre efectivamente le haya demostrado interés o revelado cierto amor a través de sus dibujos. Esto compensaría, un poco —muy poco—, la condena a un futuro de soledad).

    Uno de los aspectos que se desea destacar es la presencia constante del antagonista. En efecto, en cada uno de los párrafos hasta ahora vistos siempre aparece, de una forma u otra, la figura amenazante del opositor. Por ejemplo, en el segundo párrafo se hace mención al toque de queda; en el tercero, la policía borra la frase; en el cuarto, se dice que el juego divierte “al borde de la cárcel o algo peor” (p. 130), y en el quinto, se refiere la ronda de la patrulla, el escape del personaje masculino de dos policías. El autor, pues, ha creado un ambiente angustiante en el que los personajes y el lector no pueden sino estar en tensión permanente. Se espera la tragedia en cualquier momento, el autor así lo ha determinado con la elaboración de esa situación asfixiante, peligrosa. El desastre efectivamente sucede en el sexto párrafo, ya se temía. Lo terrible es pensar que la obra refleje la realidad; lo terrible es saber que algo semejante se vivía en la dictadura de los militares.

 

 PÁRRAFO VI (pp. 131‑132)

Este párrafo continúa la comunicación entablada entre los personajes en el párrafo quinto. En este último, la mujer se había expresado a sí misma, había llamado al hombre, lo cuestionaba. Él, por su parte, había recibido el mensaje y respondido con otro: un puerto con velas y tajamares. El puerto es un pedazo de tierra firme que implica la llegada o la salida. De éste parten las ilusiones, a él llegan las ilusiones (las velas o tajamares). El mensaje, pues, quizá puede ser interpretado como la salida del hombre para alcanzar un puerto lejano: la mujer. Pero él también es un puerto, es el destino de la mujer, la consecución de lo que ésta anhelaba.

    En el párrafo VI el personaje masculino emite un nuevo mensaje, dibuja “un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble”. Diferentes disciplinas —filosofía, teología, psicología, etc.— han dado diversas interpretaciones al triángulo; la verdad es que éste posee demasiados sentidos, lo que lo hace un tanto difícil de aprehender. La interpretación del mensaje que aquí se hará —como la que se hizo del otro mensaje— es absolutamente personal, con la libertad y el derecho de la propia lectura, aunque aceptando —desde luego y como siempre— la libertad y el derecho de otras posibles lecturas. El triángulo es una figura con una base, que se sostiene en toda superficie, y que apunta hacia el cielo; así, el triángulo es el amor firme —está sostenido—, que ofrece lo bello (mira al cielo). Además, es un amor puro (el significado del color blanco sí está muy determinado), fuerte

 

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como un roble y sano (frondoso). De esta suerte, el mensaje del hombre es una declaración de amor —límpido, fuerte, hermoso—, una propuesta de lo que espera lograr con la mujer.

    Como es un hecho la comunicación entre ambos personajes, el lector espera la contestación de la mujer a través del canal por siempre empleado. Sin embargo, la respuesta es desconocida en este párrafo, dada la irrupción punitiva de la policía, la acción terrible del antagonista. El juego entre ambos personajes ha quedado destruido. El juego contra el adversario, quizá, también o, por lo menos, ha sido debilitado. Uno de los elementos del equipo ha resultado vencido; el otro, puede retirarse o continuar, todo depende de la fortaleza del jugador. Pero en el juego contra el gobierno casi no hay posibilidad de triunfo; cuando mucho, si es que no se cae en manos de éste, se puede mantener hasta que otros jugadores, con el mismo oponente pero con otro juego, lo venzan —si es que lo logran. El mismo párrafo muestra la existencia de otro juego, de otra protesta y enfrentamiento: los atentados.

Por último, únicamente se indica que en esta párrafo, como en el anterior, el narrador se ha esforzado en señalar que el hombre desea llevar el juego con la mujer a otro nivel, a uno más cercano, a uno donde quizá no sólo la vea, sino también le hable frente a frente, la escuche, la toque. Ella, pues, había ansiado que el otro anhelara conocerla, había soñado con realizar, de manera concreta, el amor.

 

 PÁRRAFOS VII y VIII (pp. 132‑133)

La respuesta inconclusa de la mujer queda descrita en el séptimo párrafo. Es “una forma llena y hermosa”. La descripción ya indica la aceptación de amor, revela que ella ha manifestado sus sentimientos y ha dicho un “sí” te amo, “siempre” te he amado y te amaré, “ahora” te amo y quiero que se realice. La lectura de esta respuesta, de acuerdo con la interpretación que se ha dado, no puede ser sino desgarradora. El lector sabe que a la mujer le espera “la cárcel o algo peor” (p. 130), que la realización del amor ha quedado frustrada por ese antagonista que es capaz de destrozar al ser humano, de negarle hasta la posibilidad de amar.

Quien cae en manos del aparato judicial del gobierno o no tiene futuro o tiene un futuro de dolor. Esto ya nos lo había dicho el texto, y en estos párrafos se redunda en la idea a través de la presentación de un personaje que tiembla, que se muerde las manos y llora y se emborracha. Pero la exposición es más explícita aún: la gente hubiera preferido no volver a ver a alguien que hubiese sido prisionero, la gente hubiera deseado que éste se perdiera en “ese silencio que nadie se atrevía a quebrar”. En esta última frase, el autor muestra tanto el miedo de la población al adversario como el deseo de engañarse, de creer que las cosas son diferentes, a sabiendas de que no lo son. Sin embargo, el silencio no es de todos como se ha visto a lo largo del texto. Hay quienes lo quiebran, dicen lo que sucede en virtud de su enfrentamiento al Estado. Unos dibujan, otros realizan atentados, unos más crean disturbios en algunos lugares (vid. p. 134, párr. X). La frase, pues, se ve matizada por el propio texto, pero ésta no deja de reflejar la actitud mayoritaria: el pavor ante la situación, un deseo de no saber nada porque saber pesa demasiado.

 

 PÁRRAFO IX (pp, 133‑134)

El hombre, en el noveno párrafo, quiere saber de la mujer, la busca en los muros y en las puertas, la ama. Ella permanece en silencio, sin comunicarse. La búsqueda del hombre del mensaje de la mujer crea, en el lector, una sensación de angustia: probablemente ella continúe siendo torturada en los cuarteles o quizá ya haya muerto. Pero el personaje masculino no quiere creer, como el lector, que esto sea así. Traza, en la puerta del garage donde ella se había expresado a sí misma, un dibujo de amor, de esperanza (que se vuelvan a unir) y de reconocimiento (por haber participado con él en el juego, por haberle hecho frente al adversario). No hay lugar a mayores interpretaciones, Cortázar ha querido ser explícito. El “grito verde”

 

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refiere la esperanza, pero para confirmar que es así realmente, se narra que el dibujo se encierra con un óvalo que es también “la esperanza”. El significado de la “roja llamarada” se da inmediatamente: es “de reconocimiento y de amor”, y para redundar en el sentimiento amoroso del personaje, se expresa que el óvalo es asimismo un beso (“tu boca y la suya”).

    Reelaborando el texto se tiene que la búsqueda ansiosa del personaje es sólo el deseo de la mujer; que son hechas por ella las interpretaciones del dibujo (sea éste real o producto de su imaginación), porque anhelaba que se la hubiese reconocido y amado, porque deseaba que el hombre o que alguien (el hombre pudo no existir) hubiera soñado con reunirse nuevamente con ella.

    Pero en fin, hasta este párrafo la existencia de un hombre que ama a la mujer es un hecho seguro. Y este hombre, después de realizar su dibujo, ha dormido tranquilo, como si creyera que la mujer observará su mensaje y le responderá. Este dormir del personaje como no lo había hecho desde la aprehensión obliga al lector a considerar la posibilidad de que la mujer en efecto haya quedado libre, de que ésta pueda ver y contestar al dibujo.

 

 PÁRRAFO X (p. 134)

El hombre vuelve a su dibujo en cuatro ocasiones y, en la última, encuentra la respuesta. Se acerca con “sed”, porque anhelaba la contestación de la mujer, y con “horror” por el contenido de la respuesta: “una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos”. Ahora, el horror es también del lector. Él sabe que es imposible la historia de amor, que la mujer ha quedado condenada, como más tarde ella misma lo expresará, a la soledad.

    Cortázar ya había dicho que la gente preferiría no ver a un exprisionero y, con esta mujer absolutamente desfigurada, muestra el porqué. El autor, pues, nuevamente denuncia y, al hacerlo, obliga —como siempre— a denostar al régimen, a desear intensamente que las cosas varíen.

    Inmediatamente después de la descripción del dibujo, la narración cambia a primera

 

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persona. El lector, así, descubre que ha sido la mujer quien, a lo largo del texto, se había dirigido el hombre. Ella —deduce el lector— imagina la reacción del hombre al ver su mensaje (“Ya sé, ya sé”), y piensa que le dice a éste que una posible contestación de amor ya no hubiera tenido sentido en su situación. Piensa que le refiere que optó por dibujar la verdad porque, imposibilitada para ser amada, tenía que despedirse, y porque con la verdad le estaría pidiendo a él que continuara, le estaría diciendo «esto pasa en este país, por eso es necesario seguir jugando» —protestando contra el Estado, enfrentándose a él. La mujer, pues, ha imaginado qué es lo que debe pensar el hombre al ver su dibujo.

    Las últimas siete líneas revelan el futuro de la mujer: escondida en la oscuridad, imaginando a veces que el hombre aún jugaba, y recordando “tantas cosas”. Recordando, por ejemplo, que ella había jugado —lo que la haría sentir orgullosa—; recordando, quizá, que no había jugado sola, sino que lo había hecho con alguien; recordando, tal vez, que ella había imaginado que ese alguien era un hombre, y que éste efectivamente la amó (en la vida real); recordando, a lo mejor, que ella había imaginado que este alguien —que había imaginado hombre— la había amado; recordando, acaso, que ella había jugado sola, y que había imaginado que un hombre jugaba con ella y la amaba; recordando, pudiera ser, que se vio obligada a terminar con el juego compartido; recordando, quizá, que se vio obligada a terminar con el juego compartido que ella había imaginado.

    Las posibilidades anteriores resultan de la ambigüedad de la frase “así como había imaginado tu vida”. Ésta se dispara semánticamente en dos direcciones:

  • La persona que hacía dibujos en la calle, que trazaba otros junto a los realizados por la mujer, existió en la vida real. Como la mujer nunca vio a esta persona, ella imaginó quién era, qué hacía, qué pensaba, qué sentía. Esta persona pudo o no estar interesada en la mujer, pudo o no amarla. De hecho, lo único que se conoce es la imaginación de la mujer; y en la imaginación, el hombre en efecto estuvo interesado en ella, la amó.

                Al final, dada la situación de la mujer, ella ya no puede seguir manteniendo una relación amorosa con la persona o seguir imaginando que la mantiene. Su realidad le pesa demasiado. Decide, pues, poner punto final a la relación —ya real, ya imaginada— con esa persona de carne y hueso, y emite un mensaje de despedida.

  • Jamás existió un hombre que dibujara en lugares públicos. La mujer, en la soledad y miedo del juego (es seguro que ella hacía dibujos), inventó que había un hombre que jugaba con ella, que se preocupaba por ella, que la amaba.

    Al final, la conciencia trágica de la realidad obliga a la mujer a terminar la historia inventada. En otras palabras, la conciencia de su desfiguración se impone a su imaginación; estando como está ya no es capaz ni de imaginar que un hombre la ama. Resuelve, pues, realizar un dibujo en el que muestre cómo actualmente se halla y, con ello, dar una conclusión a la historia de su imaginación: la separación.

     En la soledad, a sabiendas de que ya no puede imaginar nada en lo que ella participe, ha de imaginar que el hombre —real o el que había inventado— continúa aún dibujando, jugando, protestando.

 

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