Lillian von der Walde Moheno, “Esperanza”,

 La experiencia literaria, 6-7 (1997), pp. 137-141.

 

 

 

ESPERANZA

 


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Escribo, mas no lo hago por ti, sino por mí. Quizá no concluya o ni siquiera empiece. Me da… no horror, pero sí la repulsión de siempre.

 

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Un olor putrefacto, intolerable. Pensé que sólo yo lo percibía. Nadie había dicho nada. Era mi agudo olfato, o únicamente el asco ―más que asco― que siempre te tuve ―aunque a veces me molesté, conmigo misma, por ello. Creí ―o quise creer― que en tu suciedad, en esa inmundicia que era tu casa, había muerto una rata... varias. Toqué, lo volví a hacer. No abriste. Me fui.

 

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Te veía pasar frágil, con ese caminar terriblemente pausado. Uno... dos... Uno. Me ocultaba, me desagradaba decir "good morning".

         Nunca quise saber tu nombre. Muy tarde lo vi en una vieja, ya amarilla, hoja del registro civil. Quizá te presentaste alguna vez. No sé, no me importa. Sí, sí me importa. Me dueles. ¿Será verdad esto?

 

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"Good afternoon teacher" ―en alguna ocasión supe que eras, habías sido, maestra. "Here you are", y te extendía el dinero, rápidamente. Y sin faltar, agregaba: "I have something on the fire", "I'm busy", "I have to go to work".

         Con intolerable tristeza, un día, entendiste. Otro, más bien con tranquilidad: sabías que te juzgaba.

 

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Llamabas por teléfono o tocabas el timbre. Cada día primero, sin fallar. Subiste una tarde a mi departamento. El quinto piso te pesaba.

 

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Te veía pasar con tu mercado, la cabeza gacha, el cuerpo corvo. Despacio, despacio. Me causabas lástima. ¡Dios sabe que...! No, si era sólo horror, ¿o?... ¿Qué me movías? ¿Qué espejo horrible me pusiste enfrente? ¡Qué desazón provocaste en unas pocas, desgraciadamente muy pocas, personas! ¿Por qué ahora, como tantas veces, me haces sentir tan ruin?

 

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Nadie te odiaba realmente, pero todos preferían ignorarte. Ante las tuyas, recibías infinidad de agresiones. ¿Por qué las buscabas, por qué las inducías?

 

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 Lillian von der Walde Moheno, Esperanza”, La experiencia literaria, 6-7 (1997), pp. 137-141.

 

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Recuerdo esa larga tarde, un poco fría. Los niños jugaban en el estacionamiento. "Diez, nueve, siete, cinco, cuatro, dos, uno. Uno dos y tres por Jorge. Uno dos y tres por Luz. Uno dos y tres por Adrián. Adrián ya te vi, no seas tramposo".

         Llegué. "Odiosos escuincles" pensé. "Se suben en mi coche, me enchuecaron la antena. Condenados". Y ellos me desafiaban con su mirada. Y yo me retiré en silencio.

         Al poco rato oí tu voz. Salí de mi departamento. Estabas enfrascada en una lucha con los niños. Gastaban la luz. Miserable.

         Partidaria de los niños, me divertía. Te prendían la luz; y tú, en guardia. Los alejabas. La apagabas. Se burlaban de ti, me divertía. Con una rama te molestaban; violentamente la golpeabas. Sentía pena, no, no exactamente. Cierto estremecimiento; me divertía.

         Hiciste guardia tres horas. Con todos tus años te sentaste en el piso. Nadie prendería la luz. Y ya nadie la prendió. Me sorprendió la inocencia de los niños. Podrían haber hecho a su antojo. Y no. Pensé en el sometimiento. Me indignó su actitud. No te patearon, afortunadamente no lo hicieron. Sus groserías fueron menores. Y mi risa tenía una mueca.

         Supe que era la oportunidad de ganarme a los niños; de no preocuparme más por mi coche. Recuerdo mi infancia: "si caes bien, ya la hiciste". Abandoné mi balcón, mi privilegiado palco del teatro bufo, y bajé. Les dije que salieran a la calle, que hicieran como que jugaban allá. Ella creería que ya no irían al estacionamiento, se iría, "y entonces ustedes prenden la luz".

Pero no se va, ya lleva dos horas allí parada.

Está loca afirmé.

Nosotros no prendimos la luz. Ya estaba. El señor Méndez la prendió para lavar su coche.

Es muy mala esa vieja.

         Esa vieja repetí está loca.

 

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Imagino tu soledad, y es tal el horror, que eludo imaginar.

 

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Y tú te avergonzabas de que me diera cuenta de tu pleito. Hipócrita, hablé con los niños donde no alcanzaras a escuchar. Me sentía mal, me divertía. Como siempre, para ti mi risa tenía una mueca.

 

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El mozo del edificio me dijo haberte visto como animal, apoyada en tus manos y rodillas, completamente desnuda. Espiabas desde tu casa, como animal, completamente desnuda.

 

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Mi pareja se burlaba:  "¿Ya le pagaste a miss fon der Bink?".  "Hoy vi a miss fon der Bink, me dijo que me veía muy bien".  "Miss fon der Bink me dijo que

 

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 Lillian von der Walde Moheno, Esperanza”, La experiencia literaria, 6-7 (1997), pp. 137-141.

 

 

cuando fuera a pasear al perro podía acompañarme, que le gusta caminar. ¿Te imaginas?"

 

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Mi pretexto de alguna vez para no hablarte, para no verte, fue decirte que tenía que ir al supermercado. Dijiste: "in downtown is cheaper, in the government department stores. I can show you where they are. We can go in the metro, for just one peso. We can go always together".

         Anciana estúpida, además de inmunda. No te das cuenta que no necesito ir a ninguna tienda más barata, ¡y menos hasta el centro! Pensé con rabia, y con pena por ti.

         Con mi risa falsa comenté el pavor de que tú, "la vieja", "la anciana" ―como te llamaba―, me quisieras acompañar. "Válgame, si quiere ser mi amiga, y sólo porque soy educada, porque le hablo, aunque contra mi voluntad ―claro―, porque...".

         Alguien me dijo que el metro tenía años de no costar un peso, valía cien. Alguien me dijo.

         ¿Por qué me dueles como me repugnas tanto?

 

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"I don't talk to anybody. Nobody speaks English. You are a lady, you are nice".

 

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Volví en la tarde, después del trabajo, porque ya lo sabía. Toqué deseando no entiendo el motivo que respondieras.

         Avisé a los vecinos, que conscientemente habían ignorado el olor. Los quise convencer. Nadie olía nada, algunos te habían visto en la mañana. Todos tenían algo que hacer.

         Regresé a tu casa. Toqué. Me dirigí a la delegación de policía.

 

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Aquella vez que te fui a pagar el cajón del estacionamiento, uniste horror al horror. No sé, pero me hiciste sentir muy mal. Únicamente dijiste: "I'm better of my cold". Pensé para defenderme: "Y a mí qué me importa, ni siquiera sabía que tenías gripe". Me dolió. Y no quiero descubrirme la razón de mi congoja.

 

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Busqué entre tus cosas. Tenías que tener a alguien, a alguien. Había que avisar. Y yo tenía que ser responsable. No sé si era piedad.

 

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Un mes antes de aquella vez te vi tan mal. Golpeada la cara, la clavícula rota, un brazo zafado, una pierna morada. Y tú deshecha, aunque lo quisieras ocultar. Herida en un lugar muy profundo, yo sé.

 

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 Lillian von der Walde Moheno, Esperanza”, La experiencia literaria, 6-7 (1997), pp. 137-141.

 

 

         Y me contaste que te mareaste, que te caíste en la calle. Que dos mujeres te llevaron a un hospital. Que con dificultad tomaste un camión. Que dormida te resbalaste de la cama que estaba toda chueca, y que herida como estabas habías pasado la noche arrastrándote, hasta que llegaste al baño, alcanzaste el excusado, dormitaste, y ya con luz te pudiste poner en pie, apoyándote en el excusado.

 

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En ocasiones, te confieso, te he despreciado. Un gesto, una sonrisa irónica, mi indiferencia. Confieso: te he detestado.

         Abominé de ti haberle dicho a la madre del niño con polio que le quitara los fierros, que te molestaba el ruido que hacía al andar con esos aparatos. Me pareciste abyecta, baja. Te desprecié.

 

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A la semana te vi. Después de todo tenías que comer y, por lo tanto, salir a comprar. Te vi, digo, y no te esquivé.

How are you, teacher? It still hurts?

What? Nothing hurts. I'm fine. Nothing has happened.

         Callé. Te sonreí. Te desee buen día. Sentí algo como satisfacción. Pensé que aún era capaz, de alguna forma, de respetar.

 

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Tendida, yerta. Al fin. Hubo una sobrina lejana.

         "No tengo dinero, nada. Ella puede utilizar los velatorios del ISSSTE, aunque no creo que nadie vaya.

         "No tengo dinero. Podría arreglar lo del entierro, pero ¿con qué pago?, dígame usted, ¿con qué?"

 

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Tus pequeñas maldades... ¿Te alimentaban? ¿Sentías, así, estar viva?

         La posada de los niños. Dijiste: "I hate those little parties".

         Y en la junta de vecinos. Interviniste casi quince veces: "Aquí hay gente que no puede votar". Desde luego te referías a mí. No dejó de extrañarme. Era quien te saludaba, quien te hablaba. Quien en propia lucha algo te compadeció, y quien, en algún rincón pequeñito, en un puntito, también te quiso.

 

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Tu nombre salió, irónico, a mi encuentro. ¿Por qué nunca más? ¿Cuándo ya no? Esperanza.

 

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Is miss fon der Bink or another person?

No, no. Is miss fon der Bink. Oh no, miss von der Walde, my name is von der Walde! I'm going to pay you now.

Thank you miss fon der Bink.

 

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 Lillian von der Walde Moheno, Esperanza”, La experiencia literaria, 6-7 (1997), pp. 137-141.

 

 

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         Venda las cosas, señora, con eso podrá pagarme.

 

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         No fui a tu entierro, pero para mi pesar de vez en vez pienso en ti.

         Un día alimentaste a un perro. Dejaste morir al tuyo.

 

 

                                                                                                                  [1989]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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