DATOS DE PUBLICACIÓN: Lillian von der Walde Moheno, “La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”, en Signos. Anuario de Humanidades 1991, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1991, pp. 295-306©

 

 

 

La escuela del sepulcro,

de Cienfuegos

 

 

REGRESAR A PUBLICACIONES

 

 
 
 
 
 

La mayoría de los estudiosos de la literatura española coinciden en señalar que “la sensibilidad romántica que domina casi todo el siglo xix se preludia ya […] en el último tercio del xviii” (1). Hay quienes incluso advierten la existencia de rasgos que definen a la corriente romántica desde 1750 (2). Sin embargo, en cuanto que en las obras de finales del siglo xviii comúnmente se conjugan características románticas con otras fundamentalmente neoclásicas, los críticos no aciertan a llamarlas “románticas”, sino que las engloban bajo el nombre de “prerrománticas”.

            No obstante, en un buen número de creaciones los elementos románticos son los dominantes, de ahí que Russell P. Sebold se oponga a la distinción entre prerromanticismo y romanticismo, y afirme que “sería quizá más a propósito hablar en términos del romanticismo en las últimas décadas del siglo XVIII y del romanticismo manierista consciente en el siglo XVIII” (3). Así pues, el crítico estadounidense divide al romanticismo español en, básicamente, dos etapas. La primera —que nombra primer romanticismo o romanticismo a secas—, aparecería con claridad alre-

 

—————

  1. José Luis Cano, “Un prerromántico: Cienfuegos”. Cuadernos Hispanoamericanos, 195 (1966), p. 462.

 

  1. Cf. Roberto Caivo Sanz, “La poesía en el siglo xix”, en José María Díez Borque, coord., Historia de la literatura española, T. III: Siglos XVIII y XIX. Taurus, Madrid, 1980, pp. 339‑440, y 442.

 

  1. Russell P. Sebold, Trayectoria del romanticismo español. Desde la Ilustración hasta Bécquer. Crítica‑Grijalbo, Barcelona, 1983, p. 103.
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

296

 

 

dedor del año 1770 y se prolongaría hasta, aproximadamente, el año 1800; la segunda etapa —segundo romanticismo o romanticismo manierista—  iría de 1830 hasta más o menos 1860, sin considerar dentro de este esquema al postromanticismo, que es el cultivo del romanticismo en pleno auge de la literatura realista (4).

            Por último, únicamente se indica que Pedraza y Rodríguez Cáceres conservan el término “prerromanticismo” para referirse a la literatura romántica de “fines del siglo xviii”; sin embargo, dicha literatura ya no es considerada como un preludio del romanticismo, sino como un primer momento, como una parte de ese movimiento (5).

            Por otra parte, es conveniente señalar que la mayoría de los escritores de los últimos tres decenios del xviii, no pueden ser clasificados con seguridad como autores románticos o prerrománticos, y ello en virtud de que poseen composiciones ya neoclásicas, ya rococós, ya primordialmente románticas. Por este motivo, tal vez sea más adecuado catalogar las obras de cada escritor, y no al artista mismo.

            De acuerdo con lo arriba mencionado, no es posible afirmar que Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764‑1809) sea un poeta romántico, pero sí puede aseverarse que un importante número de sus poesías, tanto por su contenido como por las innovaciones formales que presentan, pertenecen a la corriente romántica —a pesar de que conservan, sin ser obviamente los dominantes, ciertos elementos característicos de otros movimientos literarios; sobre todo, del neoclasicismo.

            Dentro de las composiciones románticas (6) de Cienfuegos des-

 

—————

  1. Cf. ibid., p. 127.

 

  1. Cf. Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española. T. VI:  Época romántica. Cénlit, Tafalla, 1982, p. 40.

Las etapas del romanticismo, para estos críticos, son las siguientes:

-          Prerromanticismo (fines del siglo xviii).

-          Romanticismo (1800‑1850).

-          Pervivencia del romanticismo (1850 — implantación de la estética rea­lista).

 

  1. Como se observa, he optado por el término “romántico” en lugar del usual:   “prerromántico”. Este último vocablo podría suscitar ciertas con-
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

297

 

 

taca sobremanera La escuela del sepulcro, obra que, según su título, trata del tema de la muerte: lo que ésta enseña, lo que los seres humanos aprenden del hecho de que sus congéneres dejen de existir (La muerte se expresa metonímicamente a través de “sepulcro”. El término “escuela” asocia dos ideas: se enseña, se aprende).

            La escuela del sepulcro no fue publicada en vida del autor, sino que aparece por primera vez en 1816, en una edición de la Imprenta Real. Esta composición posee una pequeña dedicatoria a la marquesa de Fuertehíjar (7), doña María Lorenza de los Ríos, escritora ‘ilustrada’ a quien el poeta asimismo dedicó “en términos de apasionada amistad, su tragedia La condesa de Castilla” (8).

            La dedicatoria cumple, por otra parte, ciertas funciones. Por un lado, justifica el tema general de la poesía; por otro, posibilita que se conozcan quiénes son las interlocutoras y personajes de la composición. Además, permite entender el porqué de la desazón del personaje —expresada en los primeros seis versos—, y da pie para hablar de la amistad, tema ‘ilustrado’ que Cienfuegos siempre prefirió.

            En el poema, ciertamente, hay gran redundancia conceptual. En primer lugar destaca la idea de la infelicidad humana. La tesis, que se repite hasta el cansancio, es que el hombre “siempre a merced de sus pasiones” (v. 120), deja escapar la vida para no encontrar sino la desdicha. El ser humano no vive, o en otras palabras, vive muertes (cf. v. 244).

 

—————

fusiones, esto es, considerar a la literatura romántica del siglo xviii no como tal, sino sólo como un antecedente del movimiento que predominó en el siglo xix.

                                

  1. “A LA SEÑORA MARQUESA DIJE FUERTEHÍJAR,

CON MOTIVO DE LA MUERTE DE SU AMIGA

LA SEÑORA MARQUESA DE LAS MERCEDES”.

(Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Poesías. Edición, introducción y notas de José Luis Cano. Castalia, Madrid, 19 69, p. 168. Todas las citas se harán considerando esta edición).

 

  1. José Luis Cano, op. cit., p. 469.

En relación con la marquesa de Fuertehíjar cf., del mismo investigador, “Cienfuegos, poeta social” (Papeles de Son Armadans, VI, 18 (1957), p. 264) e “Introducción biográfica y crítica” (N. Álvarez de Cienfuegos, op. cit., pp, 16 y 168, núm, 22).

 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

298

 

 

            El poeta compara al hombre con tina “frágil nave” (v. 107) “en pos del huracán” (v. 110). El mismo calificativo ya indica su destino: la “perdición” (v. 116), el “fracaso” (v. 116). Pero es la ambición, la soberbia, el pensamiento depositado en un futuro que cree feliz, lo que lo lleva a navegar en una “airada mar” (v. 107), hecho que no le puede dar sino una “eterna inquietud” (v. 122), “amargura” (v. 123), “zozobra” (v. 124), “desesperación” (v. 125) y “cruel fastidio” (v. 124).

            El ser humano se halla, pues, enfermo (“¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano / en hacerse infeliz sólo le emplea? [vv. 105‑106, subrayado mío]), y ello en virtud de que no rige su vida por la razón.

            Para Cienfuegos, la razón libra al hombre de las falsas ilusiones que lo hacen vivir vuelto hacia el futuro. Ella equilibra las pasiones y la vida, situando al individuo en un presente de tranquilidad. Y aquí se recuerda la contraposición entre el agitado existir de Alejandro, y el del pobre pastor que vive feliz dado que carece de mayor ambición: [...]Él sus deseos / por la necesidad de cada día mide [...] (vv. 169‑170).

            Como se observa, el poeta propone a la razón como guía para la vida. Sin embargo, es un proponer sin tener fe en la posibilidad de la puesta en práctica. Cienfuegos ha dejado de creer en el ser humano:

 

y los mortales sólo allí descansan,

que raros son los que en vivir insanos

de Alejandro no imitan el ejemplo

           (vv. 208‑210. Cf. asimismo, vv. 125‑127).

 

            Si es cierto, como dice Aynard, que lo común a los románticos es “una falta de fe y no una fe”', entonces es plausible afirmar que nuestro poeta se inscribe, en este poema, dentro del romanticismo.

            Ahora bien, aunque suene paradójico, desde un punto de vista ilustrado Cienfuegos mina el concepto básico del Siglo de las Luces: la razón humana. A fuer de redundantes, el autor reconoce el valor de la razón —hecho que refleja su formación

 

—————

  1. Cit. por Pedraza y Rodríguez Cáceres, op. cit., p. 20.
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

299

 

 

ilustrada—, sin embargo no cree que el hombre guíe sus actos de manera racional; por el contrario, lo define como un ser básicamente pasional, lo que niega la posibilidad de un mundo regido por la razón. “No hay para el romántico ideal más bello que el perdido”. Esto lo dice Sebold y también se aplica a Cienfuegos con su propuesta del empleo de la razón (10).

            En el poema, como se ha visto, se contraponen la pasión y la razón. La primera, define al hombre “insano”; la segunda, al virtuoso. Sin embargo, la antinomia no se encuentra equilibrada, sino que una de sus partes aparece ‘saturada’. En efecto, son muchísimos los versos que se ocupan del hombre insano-pasional, y pocos los que expresan al virtuoso‑racional. Este hecho revela que más que describir la bondad de la razón, al autor le interesa demostrar la que considera la realidad imperante del ser humano, y señalar su reprobación frente a ésta —aunque no deja de ser una realidad.

            Cienfuegos, en su incursión metafísica, ha encontrado que la mayoría de los hombres son seres desquiciados que no encuentran sino la infelicidad. Esta concepción, tan apuntada en este ensayo, nuevamente permite aseverar el romanticismo del poeta. Es la expresión de lo que en el xix se llamaría “mal del siglo”, e implica el “dolor romántico” que Cienfuegos concreta, entre otras, en la frase “cruel fastidio”, la cual se asemeja a una muy reconocida por Sebold, que Meléndez Valdés empleó en 1794: “fastidio universal”.

            Como se ha dicho, Cienfuegos rechaza a los hombres regidos por sus pasiones; de esta forma, él se coloca por encima de la generalidad. No sólo comprueba el fracaso humano, sino que sabe qué es ‘lo bueno’ y lo propone. Así, él se autodefine como un ser superior; pero en cuanto que duda de la probabilidad de cambio, se nos presenta como poseedor de una conciencia trágica de la realidad, lo que obliga a depositar el “dolor romántico” en el mismo poeta. Siempre su figura se resalta, ya por su capacidad de distinguir entre lo positivo y lo negativo, ya por su afirmación de lo positivo, ya por su desazón ante la circunstancia que observa y por la duda de que ésta varíe.

 

—————

  1.  R. P. Sebold, op. cit., p. 31.
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

300

 

 

Así pues, el poeta se nos aparece como un hombre inteligente, noble y suficientemente atormentado.

            Como se sabe, en el poema la causa que justifica la exploración del ser del hombre es la muerte. Ésta, para Cienfuegos, es el destino inexorable del existir humano. Baste el siguiente verso:

 

En ti la vida sin cesar se estrella (v. 86).

 

La muerte es la destrucción total, la aniquilación del ser, su conversión en “nada” (cf. fundamentalmente, vv. 56‑58). No hay, en La escuela del sepulcro, ni un asomo de cristianismo, de fe en la vida después de la muerte. Por el contrario, hay una conciencia terrible de que el hombre sólo ‘es’ durante el “breve” “plazo” (v. 241) del existir en este planeta, y esto siempre y cuando actúe de manera racional.

            Cienfuegos, pues, ha despojado al hombre de Dios. Su vida, que es un instante, es la única que tiene y que tendrá. Él es responsable de asirla, de vivir realmente, porque después —llegada la muerte— no hay más. He aquí un mensaje del sepulcro.

     Para vivir hay que alejarse de esas ilusiones falsas que obli­gan a los hombres a volcarse hacia el futuro. Éste es “incierto” (v. 245), ‘no es’, como tampoco ‘es’ el pasado, al que se define como muerte: “[...] Y qué es el día  / de ayer, el de hoy en lo que va corrido? / Muerte en verdad; que cuanta  vida el tiempo / nos ha llevado en el sepulcro yace” (vv. 101‑104). Así pues, sólo se vive en cada momento, en el aquí y en el ahora, lo que pasa muere, lo que viene carece de realidad. Vivir el presente es lo que enseña la muerte, y para saber hacerlo, para ser feliz, hay que emplear la razón.

            La muerte, que implica el “oscuro no ser” (v. 64), enseña que se debe saber vivir. Sin embargo, el ser humano no vuelve la vista “al relumbrante / faro de la pura razón” (vv. 126‑127), sino que existe en la desilusión, en el dolor. De esta manera, el referido mensaje del sepulcro se vuelve un grito en el vacío, no sirve para nada.

            El poeta ha querido decir que la muerte da una lección de vida, pero sabe que los hombres, dada su esencia, no habrán de escucharla. En virtud de esta conciencia, hace que el se-

 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

301

 

 

pulcro emita otro mensaje, uno que seguramente los seres humanos habrán de atender: con la muerte se acaba el pesar que produce la existencia. Sean suficientes los siguientes versos:

 

 

En el sepulcro, en el fatal sepulcro,

y sólo en el sepulcro descansaste;

y los mortales sólo allí descansan

                                   (vv. 206‑208).

 

La idea de que con la muerte (“fatal” dado que significa el no ser) por fin se reposa (en cuanto, que ya no se ‘es’ en sufri­miento), es consecuencia de la metafísica del autor, de su sentir romántico, de su consideración de que el hombre —“incapaz de guiarse por la razón''— existe en el cansancio, en la amargu­ra, en el “cruel fastidio”. Romanticismo puro. Nos encontramos frente a uno de los tópicos de esta corriente literaria: “la muerte es la gran amiga de los románticos. Es la libertadora, la que trae la paz al alma atormentada” (11).

Para resumir, hay dos formas de existencia: la pasional y la racional. La primera no ofrece sino el dolor, crea un “cansan­cio vital”; la segunda, da dicha y tranquilidad. El existir pasional define a la mayoría de los seres humanos; el racional, a la minoría —con lo que este existir podría ser considerado casi como la excepción.

La muerte es una realidad inexorable y posee un significado preciso: el no ser. En cuanto que se opone al ser, remite una información de vida: hay que saber vivir, porque después viene la “nada”. Este mensaje tiene como objeto incidir en quienes existen de modo pasional; porque para quienes emplean la razón, es sólo un refuerzo. Así pues, hay un propósito redentor por parte del poeta, pero este propósito cobra un carácter irónico en cuanto que él sabe que es casi imposible que la generalidad humana se guíe por la razón. O bien, hay un carácter el irónico dado que el autor es consciente de lo vano de su propuesta de vida racional, y sin embargo, la hace.

Se presenta en el poema un aspecto contradictorío: la  muerte

—————

  1. Ricardo Navaz Ruiz, El Romanticismo español. 3ª. ed. Cátedra, Madrid, 1982, p. 57.
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

302

 

 

es vista tanto como algo negativo —roba la vida—, como algo revestido de un carácter positivo: posibilita el descanso. Esta contradicción se debe a la contraposición entre el deseo del poeta por un tipo de existencia, y su concepción de lo que ésta es en realidad. Quiere considerar el vivir como algo bueno —de ahí que hable de “muerte impía” (v. 82) —, pero ve que el hombre existe en la desdicha —esto es, la vida, en realidad y por culpa del ser humano, no es buena—, con lo que la muerte deja de ser “fatal” (v. 206) para convertirse en lo que pone punto final al mal. Ahora bien, ¿qué pesa más en el poema? Dado que el ser pasional es casi universal, forzosamente sobresale la visión de muerte como descanso. El sepulcro no es algo ‘impío’, sino que en virtud de la realidad adquiere cierta bondad: termina el sufrimiento. Éste viene a ser el mensaje del autor, a pesar de él mismo.

            Como se ha visto, debido a la presencia de determinadas concepciones filosóficas se puede aseverar el carácter romántico de La escuela del sepulcro; pero no sólo por éstas, sino también es posible afirmarlo por ese gusto del poeta hacia lo nocturno (cf. vv. 7‑10) y lo sepulcral, por esas descripciones desgarradoras y ‘terroríficas’:

 

                        ahora mismo a su cadáver yerto,

                        en estrecho ataúd aprisionado,

                        alumbrarán con dolorosa llama

                        tristes antorchas del color que ostentan

                        las mustias hojas que al morir otoño

                        del árbol paternal ya se despiden.

                        Ahora mismo yacerá en la cima

                        de la tumba infeliz, hollando lutos

                        negros, más negros que nublada noche

                        en las hondas cavernas de los Alpes.

                        En torno de ella, y apartando el rostro

                        de su espantable palidez, [...]

                                                                        (vv. 31‑42).

 

            Hay, pues, un afán por provocar, mediante los motivos fúnebres, una respuesta emocional en el lector u oyente; en una palabra, se busca lo “sublime” —­concepto tan trabajado po Burke y Kant en el siglo xviii.

 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

303

 

 

            Otro rasgo romántico que el poema presenta es la llamada por Sebold “teatralidad de la emoción” (12). Cienfuegos da un efecto dramático a todo lo que escribe, y ello debido al empleo de tina serie de recursos retóricos como:

 

            a) La repetición de vocablos:

 

[…] Llora, Llora, sí, llora (v. 14)

fue, fue tu amiga […] (v. 22)

y nunca, nunca volverás a verla,

nunca jamás […] (vv. 59‑60)

            (Cf. vv. 1, 6, 39, 56 y 57, 132, 140‑149, 246, 286 y 302-­303)

 

            b) Los ayes desesperados, las mil exclamaciones y apóstrofes:

 

                        […] ¡oh muerte impía!

                        ¡oh sepulcro voraz! […] (vv. 82‑83)

                        Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera (v. 47)

 

            c) Las interrogaciones retóricas:

 

                        […] ¿No hallaste

                        por siempre un más allá que las entrañas

                        te roía doquier, y cada gloria

                        te presentaba desabrida y triste

                        desde el punto fatal en que era tuya?

                                                                       (vv. 188‑192).

 

            Pero no sólo se teatraliza la emoción mediante el desbordamiento expresivo, sino que se describen escenas netamente teatrales para crear un efecto sublime. Por ejemplo, se muestra la ansiedad de un personaje —que pronto se sabe, gracias a la dedicatoria, que se trata de la marquesa de Fuertehíjar—­; se la sitúa en un ambiente nocturno; luego, se la hace llorar desesperadamente. Inmediatamente después, irrumpe en la escena el sonido de la muerte; posteriormente, aparece un ‘cuadro’ donde se vela a un cadáver —a la marquesa de las Mercedes—

 

—————

  1.  R. P. Sebold, op. cit., p, 15.
 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

304

 

 

y, finalmente, los sepultureros cargan el ataúd para llevar a la muerta a su última morada. En fin, casi se podría decir que el lector u oyente está frente a una representación dramática.

            Además, intervienen varios personajes que hablan o que son mudos interlocutores. El poeta se vuelve actor y verbalmente se dirige a Lorenza (marquesa de Fuertehíjar), a Alejandro Magno, a Quero (la fallecida marquesa de las Mercedes). Esta última, desde ultratumba, se comunica con Lorenza y, finalmente, la muerte —abstracta, no personificada— habla a través de Cienfuegos (Cf. vv. 139‑151). La presencia de diversos personajes, asimismo confiere cierto carácter dramático al poema, y coadyuva a imprimir alguna agilidad a un discurso que, de otra suerte —en virtud de la redundancia—, sería un tanto pesado.

            Cabe señalar, por otra parte, que críticos de Cienfuegos han apuntado “las audacias de expresión y de vocabulario” (13) que aparecen en la obra de nuestro poeta. Estas innovaciones, que Marcelino Menéndez Pelayo califica como un castellano “bastante turbio y exótico” (14), vienen a dar —como coinciden en indicar J. L. Cano y J. Arce— “un aire nuevo a su poesía” (15). La novedad de la lengua poética de Cienfuegos se aprecia en La escuela del sepulcro, en las ya mencionadas reiteraciones en principio de verso, en la libertad sintáctica y rítmica de la que hace gala el poeta, y en la elaboración de construcciones como la “espantable palidez” del verso 42. Tales características ciertamente implican un rechazo a la preceptiva formal que el neoclasicismo sustentaba, y quizá supongan, como afirma Arce, una nueva dirección en la poesía española (16).

 

—————

  1. J. L. Cano, “Cienfuegos y la amistad”. Clavileño, VI, 34 (1955), p. 35.

 

  1. Historia de los heterodoxos españoles. (Regalismo y Enciclopedia, los afrancesados y las Cortes de Cádiz, reinado de Fernando VII e Isabel II, krausismo y apologistas católicos (1882). Porrúa, México, 1983, p. 175.

 

  1. Joaquín Arce, “La poesía en el siglo xviii”, en José María Diez Borque, coord., op. cit., p, 189.

 

  1. Cf. J. Arce, “Cienfuegos y Quintana”, en Francisco Rico, dir., Historia y crítica de la literatura española. T. IV: José Miguel Caso González, Ilustración y neoclasicismo. Crítica‑Grij albo, Barcelona, 1983, p. 489.

           Conviene señalar que Arce igualmente indica que algunas de las

 
 
 
 

Lillian von der Walde Moheno, La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”

305

 

 

            Para concluir, únicamente se observa la presencia en el poema que se ha venido estudiando, de un tema muy común dentro de la poesía neoclásica: la amistad. Para Cienfuegos, la relación amistosa significa la entrega del hombre a sus semejantes: “fue, fue tu amiga […] (v. 22) / […] / la que en su mente consagró tu imagen” (v. 26). Además, como ya lo ha señalado Cano, la amistad es para el poeta “un sentimiento tan intenso y puro como el del amor” (17). (Cf. vv. 22‑29 y 291‑296).

            Si las anteriores son las características de la amistad, entonces ésta hermana a los seres humanos, y aquí se estaría ante un concepto que tiene mucho que ver con el de la “fraternidad universal”. El poeta, pues, muestra nuevamente su formación ilustrada; pero si algo domina en el poema, es su sentir romántico.

            Como se ha repetido varias veces, Cienfuegos concibe al hombre como un ser desdichado. Ésta es su visión fundamental, la cual opaca casi completamente al placer que, se descubre, puede dar la amistad. Ahora bien, un ser racional efectivamente es capaz de interrelacionarse amistosamente, ¿pero el pasional?, ¿un Alejandro, por ejemplo, soberbio, que busca y hace la guerra? En fin, si es permisible salirse del texto, pensemos que el ser humano, no obstante su ser pasional, puede poseer la virtud de la amistad. Pero en cuanto que él vive corriendo “entre tinieblas y borrascas tristes” (v. 121), ésta le sirve —sólo por momentos— de consuelo, mas no lo librará de una vida de dolor. Él seguirá, cegado por las ilusiones, yendo a “nuevos mares” (v. 130), resintiendo “míseros naufragios” (v. 131). En ocasiones quizá retorne, vea al amigo, llore en su hombro.

 

—————                                                          

innovaciones ya se encuentran en Meléndez Valdés, pero Cienfuegos las lleva al extremo.

 

17.  J. L. Cano, “Introducción biográfica y crítica”, en N. Álvarez de Cienfuegos, op. cit., p. 16.

 
 

DATOS DE PUBLICACIÓN: Lillian von der Walde Moheno, “La Escuela del sepulcro, de Cienfuegos”, en Signos. Anuario de Humanidades 1991, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1991, pp. 295-306©

 

 
 

REGRESAR A PUBLICACIONES