Datos de publicación:  Lillian von der Walde, “Los certámenes literarios del XVII y un documento de la época”, en Signos. Anuario de Humanidades 1990, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1990, pp. 121-143.©

 

 

 

 

 

 

Los certámenes literarios del siglo XVII y un documento de la época

  

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La Breve relación de la plausible pompa y cordial regocijo con que se celebró la dedicación del templo del ínclito mártir San Felipe de Jesús, titular de las religiosas capuchinas, en la muy noble y leal Ciudad de México (1673) (1), del presbítero bachiller

 

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(1)    Es posible consultar la impresión del siglo XVII tanto en la Biblioteca Nacional de México como en el Centro de Estudios de Historia de México. Se trata de un cuaderno de 18 cms. de largo por 13.2 cms. de ancho, cuya foliación va del 1 al 38, empezando después de las primeras diez páginas que corresponden a la portada, la dedicatoria y las aprobaciones. Hay en el texto una secuencia de signaturas diferentes cada cuatro folios: B, p. 9; C, f. 4r.; C2, f. 5r.; D, f. 8r.; D2, f. 9r., y así sucesivamente hasta L2, f. 37r. No aparecen las signaturas A, A2, y B2 que, de acuerdo con el orden señalado, respectivamente pudieron haberse impreso en la portada, la primera página de la dedicatoria y en la página introductoria del documento.

La portada es orlada y contiene los siguientes datos:

Título y autor: Indicados en el primer párrafo de este ensayo.

Dedicatoria: “Al eminentísimo y excelentísimo señor don Pascual de Aragón, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, del título Balvina; Arçobispo de Toledo; Primado de las Españas; Chanciller Mayor de Castilla, del Consejo de Estado de su Magestad y de la Junta del Govierno Universal de la Monarquía; Coronel del Rey nuestro señor Carlos Segundo, su Virrey Lugar‑Teniente, y Capitán General que fue del reino de Nápoles”.

Editor: “Costeó la impresión el doctor don Juan de la Peña Butrón, Racionero de esta Santa Iglesia Metropolitana y Cathedrático en Propriedad de Prima de Theología en esta Real Universidad.”

Pie de imprenta: “Con licencia, en México, por la viuda de Bernardo Calderón. Año de 1673.”

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 122 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Diego de Ribera (2), es un documento escrito con el propósito de laurear la erección de esa iglesia, hacer su descripción, relatar la manera como se festejó la dedicación y presentar el tema y los poemas premiados del certamen literario que se llevó a cabo como parte de los festejos por la inauguración del templo.

Este texto se inscribe en una serie de impresos típicos de la Colonia. En efecto, “sin periódicos o revistas que hicieran las crónicas de los sucesos cotidianos, hubo la costumbre de publicar […] lo que se consideraba importante mediante relaciones apropiadamente edificantes” (Leonard, 1976:184). Y estas relaciones se referían a un sinnúmero de eventos: la llegada o partida de un virrey o arzobispo, el matrimonio o la muerte de algún personaje ilustre, la festividad de un santo de la Iglesia, la presentación de reliquias sagradas, la inauguración de un templo, un convento u otro monumento, en fin. Y es que en la Nueva España casi todo era motivo de celebración.

Ciertamente la sociedad novohispana encontró, mediante la realización de festejos laicos o religiosos, la manera de llevar una existencia en verdad poco monótona. Estas celebraciones, que llegaban a durar varios días e incluso semanas, se realizaban con gran fausto. Basta leer el relato que hizo Cristóbal Gutiérrez de Medina sobre el viaje en tierras novohispanas del decimoséptimo virrey don Diego López de Pacheco, Marqués de Villena. En este relato se apunta, por ejemplo, la llegada del marqués de Villena a San Juan de Ulúa y luego a Veracruz; en la última ciudad mencionada, se dispusieron en la playa “dos compañías de a caballo y dos de a pie” para su recepción, a la cual asistió la población entera (Cit. en Pascual Buxó:14). Hubo después “ocho días luminarias, tres días toros, y treinta leguas la tierra adentro vinieron indios de lo principal y gobernadores” (Idem). Otros tantos

 

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Cabe señalar que José Pascual Buxó hizo una edición de este texto (Cfr. pp. 97‑227).

 

(2)    Ribera, nacido en la Nueva España, fue presbítero del Arzobispado de México. Por 1685, ocupó el cargo de Administrador del Real Hospital de San Antonio Abad, y en 1688 fue Capellán de los Remedios y Juez Eclesiástico de Tacuba. Poeta de circunstancia, publicó también varias “descripciones” de “festivas” “solemnidades”. (Cfr., entre otros, Maza: 104; Méndez Plancarte: LXI‑LXII y 143‑151; Pimentel: 141; Torres‑Ríoseco y Warner: 73, y Vigil: 414).

 

 

 
     
 

 

 

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festejos se hicieron en Tlaxcala y Puebla, pero ninguno como el de la Ciudad de México (Cfr. ibid.: 15‑16).

    En las festividades comúnmente había un cierto espíritu democrático que, de alguna manera, ayudaba a relajar las tensiones que se sucedían entre castas. Por ejemplo, todo mundo podía partici­par en una procesión, o bien se hacían representaciones teatrales, peleas de gallos o lidias de toros para la población en su totalidad. Había espectáculos públicos que organizaban los propios indígenas, como las danzas autóctonas o el poste de voladores; otros, en cam­bio, eran proyectados por criollos y españoles. Con frecuencia esta­ba en manos de los estudiantes, criollos en su mayoría, la organi­zación de las mascaradas, las cuales consistían en un desfile de hombres y mujeres disfrazados con el fin de simbolizar personajes bíblicos, históricos, mitológicos, novelescos, etc. Se realizaban mascaradas “a lo serio”, de carácter grave, y mascaradas “a lo faceto” que llegaron al ‘extremo’ carnavalesco de representar al mundo al revés —vistiéndose las mujeres de hombres y los hombres de mujeres— o a hacer mofa de un virrey (Cfr. Leonard, 1976:179 y 181, así como Pascual Buxó: 16).

Si bien es verdad que en un gran número de eventos participaba toda la población, había otros que, como es obvio, realizaban las clases superiores —españoles y criollos— ­para el propio disfrute (3). Así, por ejemplo, en el cumpleaños de algún personaje importante se llevaba a cabo una fastuosa procesión, además de que se efectuaba una espléndida recepción, baile o banquete. Entre los espectáculos hechos por y para las castas privilegiadas se encuentran los certámenes literarios (Cfr. Pérez Salazar: 290-­296 en relación con los concursos literarios convocados en la Nueva España), los cuales comúnmente se llamaban —al igual que en España— “justas” o “palestras”. Ambos vocablos quizá tengan como objeto denotar cierto carácter selectivo de los participantes: los mejores en el campo de las letras contienden, así como antaño la caballería se enfrentaba pacíficamente en el campo de las armas.

En los certámenes poéticos participaban innumerables versificadores de circunstancia, generalmente criollos con estudios que pertenecían ya a la Iglesia, ya a los colegios o a la universidad.

 

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(3)    Desde luego que mestizos e indígenas asimismo efectuaban festejos particulares.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 124 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Sea suficiente para comprobarlo la revisión de los autores que resultaron premiados en la justa celebrada con motivo de la dedicación del templo de San Felipe de Jesús, y que aparecen en la citada Breve relación de la plausible pompa y cordial regocijo… La mayoría de ellos nace en la Nueva España y posee títulos de bachiller, licenciado o doctor; además, varios de estos poetas trabajan en San Ildefonso, en el Colegio Viejo de Nuestra Señora de Todos Santos o en la Real y Pontificia Universidad. Hay un buen número de presbíteros, otros ejercen una profesión laica, y algunos pertenecen a la milicia.

La abundancia de criollos en los certámenes literarios se debe, por una parte, a que este grupo social era, principalmente, el que nutría los colegios y seminarios; y en éstos la práctica poética era un requisito obligatorio. De hecho es posible decir que, en la Nueva España, todo hombre educado sabía expresarse tanto en verso como en prosa. Pero además, había un aliciente para participar en las justas literarias. En una sociedad estrictamente jerarquizada, donde el poder estatal y eclesiástico se encontraba en manos de españoles, el triunfo poético representaba una manera de alcanzar distinción en la comunidad, y con ello, un posible ascenso en el aparato de la Iglesia o del Estado. No es en balde el establecimiento, como parte de los certámenes, de asuntos laudatorios a altos personajes del clero o del gobierno, ya que en manos de ellos estaba la obtención de favores, de prebendas. Veamos, en este punto, los textos encomiásticos que se encuentran en el concurso literario de la Breve relación… Uno tiene como propósito agradecer al marqués de Mancera, virrey de la Nueva España en esa época, la ayuda dada para la erección del templo de San Felipe de Jesús. En este tema triunfó nada menos que Alonso Ramírez de Vargas (4), en cuyo romance se observa cómo el talento

 

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(4)    Uno de los poetas más connotados del siglo XVII. Nació en la Nueva España, fue capitán y ocupó el cargo de Alcalde Mayor de Mizquiahuala. Su obra literaria se extiende desde 1662 hasta 1696, e incluye una descripción poética de las fiestas que se celebraron en México por el nacimiento del príncipe Carlos (1662); el Elogio panegírico…, para el marqués de Mancera (1664); el Simulacro histórico y político…, para el conde de Galve (1668); el Zodíaco ilustre..., para el conde de Moctezuma (1696), etc. Compuso un gran número de poemas para certámenes, en los que destaca el eclecticismo de su lírica. Ha sido elogiado por crí-

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 125 “Los certámenes literarios del XVII”

 

se ponía al servicio de la adulación y lisonja ilimitadas (Ribera: f. 26r.):

 

        (vv. 1‑12)………………………………………

               

                     A la prudencia de Numa

                     el ser fábrica elegante

15              devió aquel templo (5), y aqueste

                deve más, quanto más arde.

                ¿A quién sino a ti, discreto,

                insigne, piadoso, afable

                Príncipe, en cuyo govierno

      20      viven las felicidades?

                A ti, simulacro vivo

                del Numa español más grande

                que el otro (6), pues que no pudo

                ser de dos orbes Atlante;

25            a cuyas altas proezas

          (por más que el buril las grave)

          falta materia, aunque eres

          señor del mármol y el jaspe.

          Mal pudiera sin tu influjo

30            ser en hermosura y talle,

          bello embaraço del viento,

          último primor del arte.

          Sí, mal pudiera, que al puro,

          sagaz, devoto, suave

35            fomento tuyo, de olvido

          subió a ser culto omenaje

        (vv. 37‑48)………………………………

 

El otro asunto es asimismo de agradecimiento, pero ahora hacia el Arzobispo de México, fray Payo Enríquez de Ribera: “será muy conforme a la razón rendirle también las gracias a su Seño-

 

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ticos contemporáneos como Alfonso Reyes y Frank Dauster, entre otros. (Cfr. Dauster: 48; Maza: 16; Reyes: 98‑99 y 102‑103; Pimentel, T. V: 143, y Vigil 1972, 414).

 

(5)    En época de Numa Pompilio se llevó a cabo la construcción del templo para la diosa Vesta.

 

(6)    El poeta hace referencia a Carlos II, rey de España, “más grande” que Numa Pompilio. Si se piensa en “el Hechizado” desde una perspectiva actual, no parece ser muy halagador nombrar al marqués de Mancera como “simulacro vivo del Numa español”.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 126 “Los certámenes literarios del XVII”

 

ría Ilustrísima por esta dedicación, pues siendo por su sabiduría primogénito de Minerva, ha dado para su complemento y celebridad doctos, ajustados documentos, y con su exemplo á enseñado, liberal, a franquear el excesivo costo desta obra” (Ribera: ff. 36v.‑37r.). En este asunto también participó Alonso Ramírez de Vargas y obtuvo el tercer lugar con las siguientes doce redondillas:

 

1       Fuego es Vesta y en el ara

      donde su culto se intima

      la llama de que se anima

      resplandece por ser Clara.

5       Tú, Clara, de quien la humana

      Palas pudiera aprender,

      por donde se echa de veer

      quién eres, Palas christiana.

         Luego si ya se conserva

10  el templo y la casa iguales

      destas vírgines vestales,

      bello effecto de Minerva,

      puedo dezir sin porfía

      siendo del todo maestra,

15  (Señor) que ésta es obra vuestra,

      si es de la sabiduría.

         Pues este templo con tanta

      franqueza que multiplica,

      vuestro exemplo lo edifica,

20  vuestra humildad lo lebanta.

         Donde claro se colige

      que, repitiendo el desvelo,

      al fuego de vuestro anhelo

      arde más y más se erige.

25     A vos digo, gran Señor,

      que sin propio amor os veis,

      pues siendo sabio os tenéis

      por un Payo y un pastor.

         Creced, creced a porfía,

30  tan sin acato [?] ni exemplo

      que la eminencia del templo

      se os venga de Romanía.

         Quiero dezir, no fatal,

      que subáis donde os desea

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 127 “Los certámenes literarios del XVII”

 

35  mi affecto, y el mundo os vea

      de un golpe hecho Cardenal.

          Esto, es poco, más se espera

      de vuestra grandeza rara,

      orlada de la tyara

40  mire el Tyber su Ribera.

          Lo más tenéis, es patente,

      de Papa, pues sin desvío

      soys Alexandro, soys Pío,

      soys Urbano, soys Clemente.

45      Con verdad dezirlo puedo,

      que en tan generoso ardor

      el signo del Pescador

      vendrá corno anillo al dedo

                      (Ibid., f. 38r.)

 

Desde una perspectiva contemporánea, aparece en este texto una alabanza desmesurada, la cual empieza a partir de la cuarta estrofa. El poeta emplea como recurso un valor cristiano por excelencia, la humildad, para ensalzar al prelado, como se aprecia en los versos 25‑30. El arzobispo se tiene por “'Payo”' y “pastor” (v. 28), lo que no significa que se tenga por lo que es (se llama Payo y su cometido es ser pastor de fieles), sino que, ejemplo de humildad, se ve como un hombre modesto, pequeño. Éste es, pues, un juego semántico con el nombre y función del prelado, que tiene como objeto último referir —y la clave es “que sin proprio amor os veis” (v. 26)— la virtud de dicho personaje, virtud que se dice expresamente en el verso 20.

En los versos siguientes, el elogio se torna terriblemente hiperbólico. Ya sin ninguna sutileza, el poeta expresa el deseo de ver al prelado convertido en cardenal, dado el inmenso afecto que le merece (vv. 33‑36). Pero no sólo eso, el ministro puede llegar a ser Papa en virtud de una serie de cualidades que posee: es pío, urbano y clemente (vv. 43‑44). Resta señalar que se denotan estas virtudes a través del juego con los nombres de los Papas.

Se ha dicho que el encomio es, para nosotros, exagerado. Pero en la Nueva España ciertamente se aprobaba, tan es así que éste era un tema de certamen y que el poema visto fue premiado. Así pues, es posible afirmar la existencia de un arte de la lisonja que

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 128 “Los certámenes literarios del XVII”

 

alimentaba la vanidad de quienes ostentaban el poder; arte que no era, en verdad, gratuito.

Volviendo a las redondillas de Ramírez de Vargas, es interesante observar la cristianización de la mitología grecolatina. En la primera estrofa se hace coincidir a Vesta con Santa Clara, correspondencia que sólo se revela en el cuarto verso y que no deja de causar sorpresa: Vesta es el fuego al que, en un altar, se le rinde culto. Es un fuego resplandeciente porque no se trata de la diosa del fuego y del hogar doméstico —hija de Saturno y Rea— sino porque se trata de Santa Clara, que es Vesta.

En los versos 5‑6 el autor hace una suerte de comparación entre Palas (Minerva, para los romanos) y Santa Clara. La primera —que ya se sabe que regía las ciencias, las artes, la prudencia y la guerra— podría aprender de la segunda, de lo que resulta un agrandamiento extremo de la Santa. Este agrandamiento es claro en virtud del parangón; pero para que no haya lugar a dudas, el poeta se torna redundante llamando a la Santa “Palas christiana” (v. 8).

A través de Santa Clara se establece en el texto un significado más amplio. cualquier figura del catolicismo aventaja con mucho a las divinidades concebidas por griegos y romanos, a esas deidades falsas del paganismo (la idea de falsedad está contenida en la reducción de la diosa Palas al carácter humano, en el verso 5). Después de todo, en el catolicismo se halla la ‘verdad’, y los signos que revelan esta religión —como Santa Clara— no pueden ser sino magníficos.

El discurso religioso que aparece en el texto es suficientemente superficial. No hay un análisis doctrinal, no hay una profundización en algún aspecto teológico, no se revela nada nuevo. Sin embargo, el tratamiento que se le da a Santa Clara parece estar cifrado. Sólo unos cuantos iniciados —los que conocieran la cultura grecolatina— podrían entender qué estaba diciendo el poeta, aunque éste no dijera sino el lugar común. Pero el caso no es extraño, la poesía de certamen del siglo XVII se caracteriza por la constante mezcla de alusiones mitológicas e ideas cristianas para expresar un contenido comúnmente poco o nada trascendental. A la oscuridad que esta mezcla produce, hay que agregar la frecuencia con que se presenta un estilo gongorino llevado al extremo. Se altera exa-

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 129 “Los certámenes literarios del XVII”

 

geradamente la sintaxis, se suplanta el significado directo de los vocablos por el traslaticio, se incorporan latinismos, se elaboran metáforas sumamente complicadas, osadas —aunque ciertamente originales—, en fin. La poesía se convierte en un interesante ejercicio de agudeza e ingenio que, dadas sus características, tiende a preservar a la élite cultural de las intrusiones del vulgo (Cfr. idea un tanto semejante en Reyes: 74, y Paz: 68). En efecto, sólo unos cuantos —aquellos que habían tenido acceso a la educación y la cultura— ­podían manejar y apreciar esta poesía estéticamente hermética, de ahí que se haya afirmado que los certámenes literarios se hacían por y para el grupo privilegiado de españoles y criollos.

Por otra parte, hay que señalar que las justas poéticas en la Nueva España fueron muy frecuentes, ya que comúnmente eran parte de los festejos con los que se solemnizaban los sucesos considerados importantes en los órdenes político y religioso. Para observar lo que podría llamarse la mecánica del concurso literario y conocer más a fondo la poética característica de éste, se continuará estudiando el texto de la Breve relación…. el cual ilustra suficientemente estos aspectos.

Para convocar al certamen se redactaba un cartel en el que se explicaba el motivo de la justa y qué era lo que en ésta se debía celebrar. Posteriormente, se mostraba el cartel a los vecinos de la ciudad:

 

[…] se publicó un certamen literario que escrivieron el licenciado Miguel de Perea Quintanilla, Promotor Fiscal de este Arçobispado, y el bachiller don Diego de Ribera, presbíteros, convocando a los poetas para que con dulces cadencias entrasen a la parte de la celebridad en esta dedicación, cuyos poemas se leyeron después del novenario en dicha iglesia, con el orden que se verá al fin desta obra. Publicó dicho certamen el bachiller don Ignacio Canalejo, sacando el cartel por las calles más principales desta ciudad, yendo a cavallo con lucido y numeroso acompañamiento de cavalleros, doctores desta Real Universidad y muchos eclesiásticos, teniendo la tarde de su publicación todos los vezinos de la calle en que está dicho templo ricamente adereçadas sus casas, reciviendo algunos de dichos vezinos el cartel con ingeniosas invenciones de fuegos, clarines, chirimías y otros instrumentos en demostración de su regocijo. (Ribera: ff. 5v.‑6r.).

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 130 “Los certámenes literarios del XVII”

 

El encargado de llevar el cartel o el Secretario del certamen detallaba el tema general del evento, los asuntos específicos que habían de tratarse, así como las formas métricas a emplear. Los interesados en concursar tenían acceso a un documento que contenía estos aspectos.

Ahora bien, ¿cómo se establecía el tema del certamen? En la Breve relación… se parte de la construcción del templo, “a influjos de su magnánimo rey Numa Pompilio”, dedicado “a el Fuego Sempiterno, a la diosa Vesta, a los Penates y a el Paladio, enclaustrando […] unas vírgines a quienes llamaron, por su diosa, vestales(Entrecomillados en ibid., f. l5r.) (7). Este suceso de la Antigüedad romana se asocia después con el motivo del certamen —la dedicación del templo de San Felipe de Jesús— y sirve para determinar una serie de equivalencias: marqués de Mancera-Numa Pompilio, Dios Sacramentado‑Fuego Sempiterno, Virgen María‑Vesta, San Felipe de Jesús y San Francisco de Asís‑Penates Neptuno y Apolo, Santa Clara‑Paladio (Minerva), y monjas capuchinas‑vestales. Para establecer un nexo entre las figuras romanas y cristianas, se hacen asociaciones sumamente artificiosas como lo muestra la siguiente cita:

 

[…] Y que estos dioses Penates sean Neptuno y Apolo, lo afirman el gran Padre de la Iglesia San Agustín, Macrobio, Corne­lio (8) y Virgilio, donde cantando sus sacrificios concluye:

Taurum Neptuno, taurum tibi pulcher Apollo (9)

Y Pierio, citando a Nigido: eos Nigidus putat esse Apollinem, et Neptunum, y describiendo la forma de su pintura: armatos has­tatos quippe fuisse (10). Ya se reconocen desta pintura en sombras los originales, siendo sagrado Neptuno de la laguna mexicana el ínclito mártir San Felipe de Iesús, que surcando mares se armó con la cruz de Christo y con las tres lanças que atrabesaron su pecho formando en él un tridente soberano, arma o blasón de

 

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(7)    El culto a la diosa Vesta consistía en mantener el fuego sagrado, pero esto no se dice en el texto, porque de otra manera no se podría hacer la alegoría Dios Sacramentado‑fuego sagrado.

 

(8)    Lib. 1 de Civitat Dei, cap. 3. Saturnalii, lib. 3, c. 4. Lib. de Diis Penatibus.

 

(9)    Lib. 3 Aen.

 

(10)  Lib. 42 Hyerogl.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 131 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Neptuno (como dize Cartario): […]; y delineando su forma, Piero Valeriano: et tridens inter psicationes arma connumeratur (11), es un arma de tres puntas, como de tres lanças unidas (dize Calepino), a la manera que en el constante pecho de San Felipe se compone esta divisa que empuña Penate titular glorioso del templo y divino compatriota, como reverenciaron los romanos a los Penates (según Dionisio Alicarnaceo): […]. Unos los llamaron compatriotas, como nosotros a Felipe; otros, imperantes o dueños de las possesiones, como a la verdad lo es el glorioso patriarca San Francisco […].

(Ribera, 1673: ff. 16r.‑16v.)

 

El mecanismo para establecer el tema del certamen de la Breve relación… es, en efecto, representativo. Comúnmente se partía de un acontecimiento, un mito, una costumbre de la Antigüedad griega o latina y, mediante caprichosos acomodamientos, se fijaba una relación entre el mito o acontecimiento y el dogma, la festividad cristiana, etc. Del tema general se deducía una serie de asuntos particulares, los cuales debían ser desarrollados en los géneros poéticos que se especificaban.

En la ceremonia de premiación el Secretario del certamen leía el tema general y los asuntos particulares, los cuales habían sido redactados con todo cuidado y detalle (12). La larga cita anterior, referente a los Penates, a San Felipe y a San Francisco, es muy reveladora de la prosa de los concursos poéticos.

Una de las características de la prosa de los certámenes era el excesivo número de referencias a autoridades que habían escrito sobre el tema. En el solo texto sobre los Penates, San Felipe y San Francisco se mencionan nueve autores diferentes. Así pues, todo aserto, toda descripción poseía un fundamento preciso. Además, los autores de las prosas de los concursos se preocupaban por la cita textual, y en un idioma tan prestigiado como el latín, base de las disciplinas académicas. En el referido párrafo sobre los Penates

 

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(11) Lib. 45 Hyerogl.

 

(12) El Secretario del certamen redactaba estos puntos. También componía pequeños poemas para festejar a los autores premiados. En ocasiones, como en el caso de la Breve relación…, el Secretario escribía lo referido, en coautoría con el Fiscal del certamen.

En la Breve relación... el Secretario fue Diego de Ribera, y el Fiscal, Miguel de Perea Quintanilla.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 132 “Los certámenes literarios del XVII”

 

y los Santos, aparece un total de seis citas en latín, dos de las cuales fueron suprimidas de nuestra transcripción. Tal es el exceso en las citas que podría decirse que, además de dar valor al propio escrito, se consideraban como referencias preciosas y estilísticamente ‘nobilantes’. De hecho, había un afán por mostrar la erudición, de ahí las citas, de ahí el constante señalamiento de autoridades. Pero este afán trae como consecuencia que la lectura se haga pesada, quizá abrumadora.

Por otra parte, como se requería asociar el suceso o mito de la Antigüedad clásica con personajes cristianos o de la época dignos de celebridad, se hacían unas suertes de malabarismos que convierten a la prosa en algo ciertamente difícil y en ocasiones ilógico. La mejor prueba de lo aseverado la constituye indudablemente el transcrito texto de los Penates y los Santos, donde a través de una muy confusa redacción, se fuerzan los asuntos y se hacen analogías tan absurdas como la del “arma o blasón de Neptuno” con las heridas de San Felipe, o bien, la de los Penates con San Francisco: unos son llamados “dueños de las possesiones”; el otro, es dueño de la verdad.

A lo arriba señalado hay que agregar, desde luego, el estilo propio de la época: uso frecuentísimo del hipérbaton, adorno retórico caracterizado por adjetivos y epítetos altisonantes, intercalación de una idea extraña a la construcción de la oración, etc. Todo esto hace que —en muchas ocasiones, y a los ojos del lector del siglo XX— la redacción se mueva con mucha lentitud y que el pensamiento contenido apenas y surja de entre ese aluvión de citas y referencias, de descripciones de historias cristianas y paganas, de encomios y adulaciones, en fin.

En lo que respecta a las poesías de los certámenes, cada concurso es un verdadero muestrario de géneros poéticos, como se aprecia en el de la Breve relación…, donde aparecen nueve diferentes formas: soneto, décima, glosa, quintilla, sextilla, epigrama, romance (culto), lira, himno latino y redondilla. Como ya ha sido indicado, la forma métrica a emplear se establecía en el asunto, e incluso se llegaba a determinar la rima. En el asunto asimismo se especificaba la temática a tratar, con la evidente consecuencia de que los poemas resultaban sumamente similares en lo que se refiere al contenido.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 133 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Había, pues, que verbalizar sobre cuestiones previamente resueltas y que tenían como propósito la glorificación de un santo, un hecho, un personaje, etc. De esto se desprende una premiación que consideraba más sobresaliente un poema en función de la sujeción al asunto y la alabanza desmesurada, y menos valioso aquel que mostraba una visión más personal y/o no exageradamente panegirista.

A continuación veamos dos sonetos de la primera justa del certamen de la Breve relación…, los cuales, como es lógico, se ajustan al asunto y son de evidente ensalzamiento:

 

  

1          Si Roma por un fuego venerado

         esperaba felice duraciones,

         librando en virginales atenciones

         el que fuesse su nombre eternizado;

 

5          si dedicando templo su cuydado

         en que sacrificar veneraciones

         tuvo, esperando eternos sacros dones,

         en las aras su aumento vinculando.

 

            Mejor lo espera tú, patria lucida,

10     que si al fuego divino das morada,

         por sus republicanos construida

 

            ya te ofrece la iglesia dedicada

         un aumento infalible de la vida

         y una felicidad asegurada.

(Bachiller Nicolás de Monte‑Rubio. Primer premio)

 

 

   Bárbaro, torpe el gentilismo vano

que a su culto jamás mostró despego,

templo consagra al sempiterno fuego,

por gloria suya, por honor romano;

 

   en cuya guarda decorosa, ufano,

inmortal asegura su sosiego,

vestas enclaustra virginales luego,

que al fuego velen siempre soberano.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 134 “Los certámenes literarios del XVII”

 

   Vestas mejores en su templo encierra

México, dando con ardiente zelo

a Dios el culto, si al infierno guerra.

 

   ¡O imperial, grande mexicano suelo,

goza creces y glorias en la tierra,

                    que otra gloria mayor te guarda el cielo!

(Bachiller Gaspar Calderón de Mendoza. Segundo premio)

(Ribera: ff. 17v. y l8r., respectivamente)

 

 

En el asunto de la justa en la que participaron estos dos sonetos, nuevamente se hizo referencia al templo romano consagrado al fuego sempiterno, el cual se mantenía ardiente gracias al cuidado de las vírgenes vestales. En la perpetuidad de ese fuego, Roma afianzaba “de su república las creces y de su vida los aumentos” (Ibid.: f. l7r.).

Este hecho de la Antigüedad, esta “sombra” (sic) habría de servir “a la poesía, para que diestra copie en una verdad infalible, una felicidad asegurada a la nobilíssima […] México, por el templo que, a expensas de sus bienechores, ha fabricado para el diviníssimo Sacramento del altar, a quien assisten continuamente vigilantes mejores vírgines vestales, las religiosas capuchinas” (Ibid.: f. 17v.).

El hecho romano es referido en las dos primeras estrofas de ambos sonetos. En la primera composición se hace hincapié en que, en virtud del fuego sempiterno cuidado en el templo dedicado a éste, Roma esperaba ventura y renombre. La prosperidad romana, a través de los modos de expresión y la redundancia, es lo que principalmente resalta; sin embargo, la repetición de una misma idea en varios versos, más que descubrir el esfuerzo por hacer sobresalir un aspecto, parece revelar una pobre capacidad imaginativa.

En lo que concierne al tratamiento dado por Monte‑Rubio, éste es fundamentalmente descriptivo. Se hace una relación del suceso sin expresar otras concepciones que no sean las previamente señaladas en el asunto de la justa. En este sentido, es posible afirmar que el poema, si bien cumple con lo especificado en el concurso, carece de una aportación original —aunque ciertamente ésta no se pedía.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 135 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Por otra parte, cabe decir que la referencia a las vestales en el verso 3 es un mensaje un tanto cifrado, dirigido con exclusividad a quienes conocen la historia romana. Este verso constituye la excepción en el conjunto del texto, ya que los mensajes en éste son siempre claros y directos.

En lo que respecta al soneto de Calderón de Mendoza, en los dos primeros versos el autor se hace presente a través de un juicio valorativo, hecho que no sucedió en las dos estrofas arriba comentadas. La valoración se sucede mediante los calificativos al gentilismo de vano, torpe y bárbaro (v. l), dado su culto pagano. Al condenar al paganismo, implícitamente se hace una defensa del catolicismo, eje de la sociedad del siglo xvii. Así pues, desde los primeros versos hay una toma de posición, un afán doctrinal que hace que el poema cumpla cabalmente con el que era el propósito fundamental de los certámenes religiosos: la exaltación del catolicismo.

En los versos 4 y 5 de este segundo soneto se refiere que Roma considera que alcanza “gloria” y “honor” en virtud del culto que rinde al fuego eterno, al que “jamás mostró despego” (v. 2). En el poema de Monte‑Rubio la idea es un tanto diferente: Roma considera que obtendrá renombre gracias al culto al fuego sagrado. En el segundo poema, pues, se merece porque se venera (cfr. asimismo v. 6); en el que logró el primer premio, se venera para merecer. Así, hay en el soneto de Calderón de Mendoza una representación de la soberbia religiosa romana, y si se considera que ésta se encontraba en el “error” porque —para el lector u oyente del XVII— la verdad se halla en el catolicismo, el poema incita a la absoluta condena del paganismo, y los terribles adjetivos vertidos contra éste quedan justificados.

En relación con la referencia a las vestales, en el segundo soneto ésta sí es muy explícita, y al igual que en el de Monte‑Rubio, se describe su función —velar o atender al fuego sagrado— y se anota su virtud o voto (la virginidad). Calderón de Mendoza, por otro lado, no olvidó hacer la analogía con las monjas capuchinas, respetando de esta manera la proposición del certamen. Sin embargo, un lector que no conozca el asunto de la justa no posee forma de saber quiénes son las “vestas mejores” que “en su templo encierra México” (vv. 9‑10), ni cuál es el templo del que se

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 136 “Los certámenes literarios del XVII”

 

habla. Este comentario igualmente es válido para la mención de la “iglesia dedicada” (v. 12) del poema de Monte‑Rubio. Así pues, los tercetos de ambos sonetos sólo son entendidos en el contexto que proporciona el certamen; en otras palabras, la comprensión total depende de éste.

    Como se señaló, en el soneto que obtuvo el segundo lugar se realiza la analogía —aunque no de una manera explícita— vestales‑monjas capuchinas, y estas últimas son ensalzadas al extremo mediante la puntualización de dos motivos que mucho tienen que ver con la función doctrinal que se revela en el poema: veneran a Dios (analogía fuego sempiterno‑Dios Sacramentado) y combaten al infierno (v. 11).

    Finalmente, en este segundo soneto se habla de la ventura que obtiene el “mexicano suelo” (v. 12). Ahora bien, hay que recordar que el asunto de la justa especificaba que México aseguraba su felicidad gracias a la construcción del templo de San Felipe de Jesús para el divino Sacramento del altar. Pero en el poema de Calderón de Mendoza la relación que debía hacerse es poco clara, ya que, si se observan los dos tercetos, tal parece que los parabienes se deben a que las capuchinas veneran a Dios y hacen la guerra al infierno. Así pues, la gloria de México de alguna manera se hace recaer en dichas monjas, sin que ésta fuera, desde luego, la intención del autor. El poema de Monte‑Rubio, en lo que se refiere a este punto, es bastante mejor: México afianza su propia ventura, en virtud de que se “da morada” al “fuego divino” (cfr. vv. 10‑14). Quizá lo único que podría cuestionarse es el haber nombrado a Dios o divino Sacramento como “fuego divino” (v. 10), porque si bien era necesario hacer analogías, es lógico pensar que cada elemento de éstas se distinguiera, y “fuego divino” es muy semejante, incluso sinónimo, a “fuego sagrado” o “fuego sempiterno”. Por último, únicamente deseo indicar la presencia en este poema, aunque de manera mucho menos explícita que en el de Calderón de Mendoza, de un propósito doctrinal en la suerte de comparación Roma‑México. La primera “esperaba felice duraciones” (v. 2) por venerar a una divinidad que, se sobreentiende, es falsa; la segunda más la debe esperar (v. 9), en cuanto rinde culto al verdadero Dios.

    Por otra parte, cabe señalar la calidad técnica en ambos sone-

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 137 “Los certámenes literarios del XVII”

 

tos, con una acentuación precisamente marcada, quizá mejor en el poema de Monte‑Rubio, quien no varía los acentos en los versos, como a veces lo hace Calderón de Mendoza. En lo que respecta a la rima de los cuartetos, éstos tienen la forma ABBA : ABBA, la cual se mantuvo estrictamente durante todo el siglo XVII (Cfr. Navarro Tomás: 233). Los dos poetas coincidieron en elegir la disposición CDC : DCD) para los tercetos, combinación muy usada por Lope, Quevedo, Villamediana y Calderón, no así por Góngora quien empleó principalmente la forma CDE : CDE (Cfr. idem.). En la selección verbal no hay mayor novedad, y la sintaxis no presenta una violencia extrema, que era bastante característica en la poesía del XVII novohispano.

    Como se ha podido observar, estos dos sonetos tienen como propósito fundamental la difusión del dogma, de la ortodoxia católica a través de la exaltación de la fe cristiana y la condena al paganismo. Además, colaboran a la magnificencia de los productos de dicha ortodoxia, como el templo de San Felipe, como las monjas capuchinas. Este contenido era ciertamente el previsto en el asunto del certamen, de ahí que sea posible afirmar que el fin de los certámenes era la propagación, defensa y mantenimiento de las convicciones religiosas —y civiles— reinantes, así como la glorificación de las cosas o personas que las representaran. Pero tal objetivo de los concursos literarios, aunado a la estricta prescripción de los aspectos a tratar poéticamente, trae como consecuencia la inhibición de la libre producción intelectual. Por ello no debe extrañar la frecuente superficialidad, la vacuidad de las poesías de certamen. Si a los autores se les niega el análisis, si no pueden introducir elementos de controversia, si tajantemente les está prohibido disentir, si han de respetar un tema absolutamente, entonces no pueden menos que jugar con el estilo y la forma. Y en la literatura de certamen del siglo XVII, se juega al extremo.

    En efecto, hay juegos poéticos tales como centones, acrósticos, octavas de versos partidos, versos retrógrados, aliteraciones; hay versos cuyas palabras todas empiezan con una misma letra, se hacen paronomasias (musa, masa), se emplean “palabras reversas” (odio al oído), se realizan efectos de eco (la sagrada agrada, eximida mida), se expresan vocablos o conceptos con la pronunciación de letras del alfabeto (CMT: se mete, KKO: cacao), etc., etc., (Cfr.

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 138 “Los certámenes literarios del XVII”

 

Leonard: 39‑54). En la Breve relación…aparecen unas “inverosímiles Décimas”, como las califica Méndez Plancarte (LXIII), que se convierten en un romance con asonante u ‑ o, si los versos pares se leen de izquierda a derecha; este romance, leído de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha, forma a su vez otro romance con asonante u ‑ e:

 

                                    DÉCIMAS

1       Busque el idólatra ciego,

      culto a Vesta, religioso,

      figure Ethna luminoso

      mudo oráculo de fuego;

5    fluctúe hipócrita ruego

      injusto en altar mentido;

      caduque desvanecido

      humo en delesnable llama:

      sepulte a Vesta, que aclama

10  confuso error fementido.

         Alumbre en Vesta fulgores

      (asumpto al gentil profano).

      Perfume el altar christiano

      difusos sacros olores.

15  Tribute primicias, flores,

      rudo el gentil a su diosa.

      Ocupe María gloriosa

      sumo solio reverente:

      triumphe, cíñase su frente

20  seguro laurel, de hermosa.

         Sube en el templo Patrona,

      dibujo del sol lucido:

      incluye Phebo el vestido,

      coturnos Syntia blasona;

25  pulen luceros corona,

      triumphos todos de pureza;

      conduce en él su limpieza

      puros lyrios, fuego ardiente,

      lumbre eterna, más luciente,

30  alumno al templo en belleza.

         Esculpe, en vivo reflexo,

         trasumpto aquí de María,

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 139 “Los certámenes literarios del XVII”

 

           immune luz en que ardía

           rubio ardor, de Dios espejo.

35               Vislumbre fue, fue bosquejo

           suyo el templo venerado:

           mude el nombre de sagrado

           atributo vano a Pales.

           Burle vírgines vestales

40        puro el templo dedicado.

 

 

ROMANCE EN U ‑ O

Busque el idólatra ciego,

religioso a Vesta culto;

figure Ethna luminoso

de fuego, oráculo mudo.

Fluctúe hipócrita ruego,

mentido en altar injusto

……………………………………

Mude el nombre de sagrado

a Pales, vano atributo;

burle vírgines vestales,

dedicado el templo puro.

 

 

ROMANCE EN U ‑ E

Puro el templo dedicado

vestales vírgines burle;

atributo vano a Pales,

de sagrado nombre mude.

         ………………………………

Injusto en altar mentido,

ruego hipócrita fluctúe.

Mudo oráculo, de fuego

luminoso, Ethna figure;

culto a Vesta, religioso,

ciego, el idólatra busque.

(Bachiller loseph de Valdés, presbítero. Primer premio)

                             (Ribera: ff. l9r. y 20r)

  

    En este dificilísimo poema triple se presenta la oposición culto pagano a Vesta/culto a la Virgen María. Esta última aparece ves-

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 140 “Los certámenes literarios del XVII”

 

tida de sol (v. 23) y coronada de luceros (v. 25), dibujo verbal que recuerda la representación pictórica tradicional de la Inmaculada: rodeada por una elipse de luz que indica su santidad, y colocada en medio de estrellas que revelan que es reina de los cielos. La Virgen perfuma al templo de San Felipe de Jesús con lirios puros y lo ilumina con el fuego de su pureza, fuego que por otra parte, es más inextinguible y “luciente” (v. 29) que aquel custodiado por las vestales. El templo es precioso, en cuanto es “alumno” “en belleza” (v. 30) de la Virgen María; a la vez, refleja la hermosura de ésta, que es su patrona.

    Este poema cumple sobradamente con el motivo apologético de la justa: celebrar a María Santísima. Pero lo interesante es la actividad lúdica que se manifiesta, en primer lugar, en la dificultad técnica. El autor, decidido a jugar, ve la manera de referir un mismo sentido con idénticas palabras en tres composiciones con rimas diferentes. Busca, ensaya, se equivoca, vuelve a buscar encuentra… hasta que concluye un laberinto de tres poesías iguales pero diferentes, que ofrece al lector para su admiración y diversión. La poesía, pues, tiene asimismo un efecto lúdico.

    Cada parte del laberinto —cada poesía— no revela una deformación casual, sino que indica la voluntad consciente de romper el orden lógico de las palabras e ideas, de crear metáforas complicadas, de hacer relaciones oscuras, etc. Se trata, pues, de un arte deliberadamente artificial, que provoca lo que los formalistas rusos llamarían “un extrañamiento”, y que en cuanto tal, da originalidad a la intención apologética, al lugar común.

    Para un buen número de críticos, esta triple poesía sería deleznable. Pérez Salazar diría que era un conjunto de “acrobatismos literarios saturados de mal gusto y de pedantería” (293); González Peña, con sus terribles juicios contra el gongorismo y la práctica del acróstico, del pangramatón, del metronteleón, etc., exclamaría: ¡“tamañas prácticas esterilizadoras del ingenio”! (80). Y Leonard expresaría los mismos términos con los que califica a muchos artificios, por ejemplo, al centón: “one of the most ridiculous, manifestations of the deplorable taste of the period” (1932: 42). Vigil, por su parte, señalaría que es una prueba más de esa “literatura artificial, sin calor, sin trascendencia” (t. II: 424) del siglo XVII, ya que en esa época había, según asevera Izcabalceta, “una

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 141 “Los certámenes literarios del XVII”

 

nube de versistas ilegibles” en completa “depravación del buen gusto” (Cit. por Méndez Plancarte: VII). En la poesía de Ioseph de Valdés, pensarían estos críticos, se nota el gongorismo “enmarañado e insufrible” (Pimentel, cit. en idem.) que, “propagándose e inficionándolo todo” (González Peña: 76), condujo a la “decadencia” (idem). El “mal” gongorino, “con alteraciones sintácticas que daban a la frase un aspecto oscuro y ridículo” (Vigil, t. I: 332), hace del triple poema un arte “enigmático y antiestético, una verdadera caricatura” (ibid, 333). Y es que “la inspiración, el sentimiento poético, no pueden existir donde no hay naturalidad” (Pimentel, t. IV: 172).

    Pero lejos están ésta y otras poesías de ser estériles, ridículas, frías, caricaturescas, de mal gusto. Por el contrario, son creaciones plenas de vitalidad que, a través del oxímoron, la paradoja, la metonimia, el hipérbaton, la hipérbole, las metáforas abstrusas, el desequilibrio sintáctico y la complicadísima técnica, dan color a la proposición más desvaída, frescura al tema más peregrino, relieve a lo gastado, sorpresa a lo monótono. La literatura del XVII es un arte que niega el reposo y el orden, que juega; poesía de artificio, busca la novedad, el dinamismo, la torsión violenta, la ruptura de los límites naturales, el desequilibrio sintagmático.

    La lectura de esta poesía coloca al lector en una realidad formal poco accesible, y esto cautiva o molesta. La indignación de ciertos críticos mucho tiene que ver con la dificultad que esta poesía representa. Han asumido criterios heredados de la estética neoclásica del “buen gusto”, de ahí que busquen la coherencia lógica, la precisión, el equilibrio formal, la “corrección” estilística. También, tal enfadada crítica rechaza la poética del XVII porque no hay en ella ni crítica ideológica ni espontaneidad. Este punto de vista remite ya una asimilación al pensamiento romántico, ya la consideración de que sólo merece ser tomada en cuenta aquella literatura que se comprometa con la transformación social.

    Los poetas de certamen del xvii, limitados por los preceptos de la Contrarreforma en los que se educaron, sujetados también por las obligaciones laudatorias a personajes y símbolos de la Iglesia o del Estado, derivan al juego de agudeza e ingenio poéticos. Es más, de alguna manera proponen la máscara y el artificio como la esencia de la poesía. De ahí que esto se deba resaltar, porque

 

 

 
     
 

 

 

Lillian von der Walde Moheno 142 “Los certámenes literarios del XVII”

 

si a las creaciones literarias se las deja sin estos elementos, si hay un olvido de la forma por descodificar sólo el contenido, se le quita toda su vitalidad a la poesía para encontrar únicamente los propósitos doctrinales en tratamientos superficiales, los elogios desmesurados, el apego al orden colonial.

 

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA

 

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Leonard, Irving A. La época barroca en el México colonial (1959). 1ª reimp., trad. Agustín Escurdia, Fondo de Cultura Económica, México, 1976, 333 pp.

———. “Some curiosities of Spanish Colonial poetry”, Hispania. XV (1932), 39‑54.

Masa, Francisco de la. La mitología clásica en el arte colonial de México. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1968, 251 pp.

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Pimentel, Francisco. Obras completas. T. IV: Historia crítica de la poesía en México. Tipografía Económica, México, 1903, 576 pp.

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Vigil, José María. Estudios sobre literatura mexicana. Ediciones et Caetera, Guadalajara, 1972, 731 pp. (dos tomos).

 

 

 
     

 

Datos de publicación:  Lillian von der Walde, “Los certámenes literarios del XVII y un documento de la época”, en Signos. Anuario de Humanidades 1990, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1990, pp. 121-143.©

 

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